Sin duda una de las experiencias más hipnóticas, brutales y descomunales que puede ofrecer una biopic musical reciente, porque hay momentos en los que Michael deja de sentirse como una simple interpretación y empieza a operar como una aparición, como si Jaafar Jackson no estuviera encarnando a Michael Jackson sino siendo atravesado por él, poseído por su energía, por esa manera irrepetible de quebrar el cuerpo, de mirar con una mezcla de fragilidad, magnetismo y dolor, de moverse como si el ritmo no viniera de la música sino de una corriente más profunda, más extraña, más grande que cualquier escenario. Esta es la historia de cómo una de las figuras más gigantescas que ha dado la cultura popular moderna es convertida en espectáculo cinematográfico a través de una película que entiende perfectamente la dimensión mítica de su protagonista, la escala sobrenatural de su presencia, y que por eso mismo no intenta reducirlo a la comodidad de una biografía convencional, sino elevarlo al terreno donde pertenecen las leyendas, los íconos absolutos, los nombres que no solo marcaron una época sino que prácticamente la redefinieron.