CRÍTICA: SCARLET, MAMORU HOSODA Y EL EXTRAÑO ESPECTÁCULO DE UNA CAÍDA

Publicado el 12 de marzo de 2026, 23:50

Scarlet, hija de un rey medieval asesinado tras una traición palaciega, cae también en la maquinaria de esa usurpación y termina envenenada, suspendida en un territorio intermedio entre la vida y la muerte. En ese mundo espectral, donde el tiempo no es lineal y donde conviven seres de épocas distintas, inicia una travesía guiada por el deseo de venganza y por la necesidad de regresar a su reino para ajustar cuentas con el tío que ha ocupado el trono. En ese recorrido se cruza con un joven enfermero procedente del Tokio contemporáneo, figura desplazada dentro de un universo regido por la guerra, la destrucción y la lógica del rencor. A partir de ese encuentro, la película intenta articular una reflexión sobre el odio heredado, el ciclo de la violencia y la posibilidad de elegir quiénes somos frente al peso de nuestra sangre, nuestra época y nuestras heridas.

Dentro de la filmografía de Mamoru Hosoda, Scarlet ocupa, al menos por ahora, un lugar desconcertante. Si en títulos como La chica que saltaba a través del tiempo, Wolf Children, Mirai o incluso Belle el director había demostrado una capacidad notable para convertir lo fantástico en emoción concreta, aquí parece producirse una ruptura entre la potencia visual de su imaginación y la solidez dramática que antes sostenía sus relatos. La película vuelve a insistir en materiales muy propios de Hosoda, el tránsito entre mundos, la identidad en crisis, el crecimiento interior, la tensión entre tecnología o fantasía y experiencia humana, pero lo hace desde una forma sorprendentemente desarticulada. No estamos ante un fracaso por falta de ambición, sino más bien ante uno de esos casos en los que la acumulación de ideas, temas e imágenes termina desbordando por completo la capacidad del relato para darles orden y espesor.

Como en otros filmes del director, el viaje es aquí concebido como una búsqueda iniciática. Scarlet no solo atraviesa un espacio físico o fantástico, sino que debería atravesar un proceso de descubrimiento sobre sí misma, sobre el sentido de su furia y sobre el valor real de la venganza. El problema es que ese itinerario interior rara vez adquiere la densidad necesaria. La película avanza con una rapidez tan ansiosa que las experiencias no sedimentan. La traición inicial, la muerte del padre, el envenenamiento de la protagonista y su caída a ese universo liminar se encadenan con una velocidad que impide la verdadera implicación emocional. No se trata de que el espectador no entienda lo que sucede, se trata de que la película no concede el tiempo dramático suficiente para que esos acontecimientos pesen. Lo que debería funcionar como detonante trágico queda reducido a un mecanismo de arranque.

A partir de ahí, el film se estructura como una sucesión de estaciones narrativas más que como un trayecto orgánico. Scarlet aparece en un escenario, se encuentra con personajes, atraviesa una escena de acción, escucha una explicación, toma una decisión y pasa al siguiente bloque. Esa forma de progresión fragmenta la experiencia y debilita el sentido de continuidad. Hosoda parece más interesado en exponer ideas, mundos parciales o momentos visuales que en construir una respiración dramática unitaria. De ahí que Scarlet produzca con frecuencia una sensación de arbitrariedad. Muchas cosas ocurren porque sí, porque el mundo fantástico permite que sucedan, no porque hayan sido preparadas desde la lógica interna del relato. Y cuando una película depende tanto de un universo con reglas propias, esa falta de cohesión se vuelve especialmente problemática.

La gran paradoja de Scarlet es que visualmente contiene algunos de los momentos más bellos que Hosoda ha firmado en años. La mezcla de 2D y 3D, ya explorada en Belle, encuentra aquí una función estética interesante. El mundo intermedio entre la vida y la muerte posee una imaginería poderosa, con escenarios que oscilan entre lo pictórico y lo digital, entre la ruina fantástica y el abismo onírico. Hay fondos de enorme riqueza visual, paisajes que parecen suspendidos fuera del tiempo y una fotografía que consigue por momentos una melancolía muy intensa. Algunos planos aislados revelan al Hosoda más inspirado, al creador capaz de detener al espectador con una sola imagen. Esa belleza, sin embargo, juega en contra de la película en su conjunto, porque subraya todavía más la distancia entre la excelencia visual y la fragilidad del andamiaje narrativo.

El film quiere hablar, de manera evidente, de la violencia como herencia y como trampa. Quiere interrogar la relación entre identidad y contexto, entre voluntad y determinación histórica. Scarlet, como figura trágica, no solo desea vengar a su padre, también encarna la pregunta por si una persona puede romper el molde que le impone el mundo del que proviene. A ello se suma un mensaje antibélico bastante explícito, sobre todo en el tramo final, donde las imágenes remiten con claridad a conflictos contemporáneos. No es una línea temática menor. El problema es que la película enuncia esas ideas con una insistencia tan tosca que les resta fuerza. En lugar de permitir que emerjan a través de los personajes y sus contradicciones, tiende a subrayarlas verbalmente o a resolverlas mediante escenas cuya torpeza conceptual acaba debilitando su impacto.

Ese exceso explicativo se percibe también en la presencia de una narración en off y en la constante necesidad de verbalizar lo que ya está ocurriendo en pantalla. Hosoda, que en otras películas había sabido confiar en el poder de la observación y de la emoción visual, aquí parece desconfiar de la capacidad de su propio film para hacerse entender. El resultado es una obra que explica demasiado y, al mismo tiempo, no consigue aclarar lo esencial. Las reglas del mundo intermedio, las transformaciones de los personajes y varias resoluciones dramáticas no terminan de asentarse con convicción. No porque la película sea misteriosa o ambigua en un sentido fértil, sino porque se contradice o se abandona a la arbitrariedad con demasiada frecuencia.

Los personajes secundarios tampoco ayudan a sostener el edificio. El padre de Scarlet funciona apenas como detonante inicial, sin tiempo suficiente para convertirse en una presencia verdaderamente trágica. El tío ocupa el lugar del villano usurpador con una simplicidad extrema, casi caricaturesca, sin matices que complejicen su función. Más problemática todavía es la figura del coprotagonista contemporáneo, el enfermero del Tokio actual. Sobre él recae buena parte del discurso moral de la película, el cuidado frente a la destrucción, la palabra frente a la violencia, la sensibilidad del presente frente a la brutalidad heredada del pasado. Pero el personaje está trazado con una pobreza exasperante. No se vuelve una conciencia compleja dentro del relato, sino una pieza funcional, un portavoz de ideas que la propia película luego traiciona o contradice.

Scarlet, al menos, conserva un núcleo reconocible. Como protagonista, su presencia basta para arrastrar parte del relato, y hay algo en su trayecto, en su condición de hija herida y figura suspendida entre la rabia y la desaparición, que contiene todavía una promesa emocional real. Pero incluso ella se ve perjudicada por la prisa de la película y por la manera en que cada nueva etapa de su viaje parece menos una consecuencia de su evolución interior que una imposición externa del guion. No es que no exista un arco, es que ese arco está mal articulado. La transformación de Scarlet debería sentirse como el resultado de un combate entre su deseo de venganza y la posibilidad de otra forma de existencia. En cambio, muchas veces parece simplemente desplazada de una escena a otra sin la densidad necesaria para que el conflicto interior alcance verdadera fuerza.

Vista en perspectiva, Scarlet deja la impresión de una película que necesitaba o bien una mayor depuración, o bien una expansión que le permitiera desarrollar con más calma los materiales que propone. Tal como está, da la sensación de estar comprimida y dispersa al mismo tiempo. Corre demasiado en su primera parte, salta entre situaciones con poca transición y, a la vez, se extravía en su insistencia temática y en su sobrecarga explicativa. Lo que debería desembocar en una tragedia fantástica de gran intensidad termina convertido en una experiencia intermitente, donde el asombro visual convive con una creciente desconexión dramática.

Eso no impide reconocer ciertos logros. La película confirma que Hosoda sigue siendo un director con una intuición visual extraordinaria. Algunos paisajes, algunos encuadres y ciertos momentos de pura invención iconográfica conservan una potencia real. También hay un deseo legítimo de hablar del presente a través de la fantasía, de utilizar un relato de reinos, traiciones y mundos intermedios para pensar la violencia contemporánea y la posibilidad de romper sus ciclos. Pero entre la intención y la forma se abre aquí un abismo que la película nunca logra cerrar.

Al final, Scarlet resulta menos interesante por lo que consigue que por lo que revela. Revela a un cineasta todavía capaz de producir belleza, pero momentáneamente incapaz de organizarla en una estructura dramática a su altura. Revela una ambición conceptual que no encuentra forma madura de expresarse. Y revela, sobre todo, una caída extraña dentro de una filmografía que había acostumbrado a otra clase de precisión emocional. No es una obra vacía, pero sí una obra que se deshace entre las manos. Como si, queriendo hablar del vacío, hubiera terminado adoptando involuntariamente parte de su lógica.