CRÍTICA: LA NOVIA, CUANDO FRANKENSTEIN SE CONVIERTE EN MANIFIESTO

Publicado el 4 de marzo de 2026, 19:01

Hay películas que quieren dialogar con el mito, y hay películas que quieren reescribirlo con un megáfono. La Novia, la reinterpretación que dirige Maggie Gyllenhaal del universo de Frankenstein, pertenece claramente a la segunda categoría. Desde sus primeros minutos deja claro que no pretende ser una variación gótica del relato clásico, sino una declaración ideológica frontal, una obra que utiliza el mito para lanzar un discurso político muy contemporáneo.

El punto de partida es conocido. Un Frankenstein solitario intenta crear una compañera, una mujer diseñada para completar la ecuación del monstruo. Pero la película decide girar el eje hacia otra dirección: lo que nace no es una pareja, sino un símbolo de ruptura. La criatura interpretada por Jessie Buckley despierta no solo a la vida, sino a una conciencia de opresión que rápidamente se convierte en rebeldía. Desde ahí, la narrativa avanza con una convicción absoluta sobre su tesis central: el mundo que la rodea está construido por estructuras masculinas que buscan controlarla.

Y aquí aparece el problema que atraviesa toda la película. Gyllenhaal no plantea la crítica como una pregunta, sino como un dogma narrativo. Cada situación, cada personaje masculino, cada conflicto parece diseñado para reforzar la misma idea: el patriarcado como sistema opresivo omnipresente. El resultado termina sintiéndose más cercano a un panfleto que a una exploración dramática. No hay demasiadas zonas grises, no hay contradicciones reales. El discurso domina al relato.


La comparación con Joker de Todd Phillips aparece casi inevitablemente. Aquella película también convertía a su protagonista en un símbolo de rebelión contra un sistema hostil. La diferencia es que Joker jugaba con la ambigüedad moral del personaje. Aquí, en cambio, la protagonista se presenta casi siempre como una figura de emancipación incuestionable. La película no explora tanto la complejidad del poder o la violencia como sugiere una lectura claramente misándrica del conflicto.


Eso no significa que el film sea un desastre. Hay momentos donde el talento visual de Gyllenhaal se impone. La recreación del Chicago de los años treinta tiene una textura gótica y decadente muy lograda. La fotografía trabaja con sombras densas y luces expresionistas que recuerdan al cine de monstruos clásico mezclado con estética punk. Y Jessie Buckley sostiene el centro emocional con una interpretación feroz, física, casi animal.


El problema vuelve a aparecer en la estructura. El primer acto plantea un Frankenstein melancólico y la creación de la criatura con cierta atmósfera trágica. El segundo acto abraza el caos, con la protagonista transformándose en icono de rebeldía y violencia liberadora, muy en la línea de la lógica de Joker. El tercero ya no busca equilibrio, simplemente remata el mensaje: la criatura no pertenece a nadie, ni al creador ni al sistema, solo a sí misma.


Ese cierre resume la propuesta entera. La película no quiere ser una reinterpretación del mito de Frankenstein en clave contemporánea. Quiere ser un manifiesto sobre identidad, autonomía y ruptura con las estructuras masculinas. Para algunos espectadores será una provocación necesaria. Para otros, un ejemplo claro de cine donde la ideología termina devorando a la narrativa.


Mi veredicto queda en un punto intermedio. La Novia es visualmente poderosa y tiene una actriz protagonista magnética, pero su discurso tan explícito y unilateral termina volviéndola predecible. Cuando el cine deja de explorar para empezar a predicar, algo se pierde en el camino.

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