Hay franquicias que llegan a una segunda entrega con el único objetivo de repetir la fórmula, subir el volumen, agregar más colores, más personajes, más ruido, y confiar en que el entusiasmo previo haga el resto. Super Mario Galaxy hace algo un poco más interesante. Sí, es más grande, más rápida, más luminosa y más aparatosa que la primera, pero también entiende que llevar a Mario al espacio no consistía solo en cambiar el fondo del Reino Champiñón por un firmamento lleno de estrellas. Había que encontrar una nueva escala, una nueva sensación de aventura y, sobre todo, una nueva forma de traducir al cine ese asombro infantil que siempre ha acompañado a los mejores juegos de Mario, esa impresión de que detrás de cada puerta, de cada tubo y de cada planeta diminuto puede esconderse una idea visual encantadora o una trampa con sonrisa.
La película, y esto conviene decirlo desde el inicio, es realmente buena. No como cumplido amable para fans predispuestos a perdonarlo todo, sino como secuela que sabe entretener, que sabe moverse, que sabe mirar a sus personajes con cariño y que entiende bastante bien la lógica de su propio universo. Es interesante, es divertida, es visualmente muy potente y, lo más importante, tiene energía. En un momento en que buena parte del cine familiar confunde velocidad con vitalidad, Super Mario Galaxy sí transmite una sensación auténtica de juego, de impulso, de movimiento constante. Uno siente que la película no se limita a pasar de una escena a otra, sino que salta, rebota y se lanza al vacío con la misma confianza con la que un jugador experimentado se avienta hacia una galaxia nueva sin saber muy bien qué lo espera.
Ahora bien, lo mejor de la película quizá sea que no descansa únicamente en la familiaridad de Mario y Luigi. En vez de eso, decide abrir un poco más el tablero, y allí aparece Peach como la figura más interesante del conjunto. La película le da más peso, más espacio y un trasfondo que termina volviéndola, en muchos sentidos, el verdadero centro emocional del relato. Eso no es poca cosa, sobre todo en una franquicia que durante décadas ha vivido de secuestrarla, rescatarla y devolverla a su pedestal como si ese ritual bastara para sostener cualquier historia. Aquí no. Aquí Peach tiene materia, tiene misterio, tiene una identidad más concreta y, por momentos, se siente incluso más importante para la película que los propios Mario y Luigi, quienes esta vez funcionan menos como motores dramáticos profundos y más como vehículos del viaje, lo cual no necesariamente es un defecto, pero sí cambia bastante el equilibrio respecto de la primera entrega.
También resulta muy acertada la incorporación de Rosalina, personaje que trae consigo una cualidad extraña y valiosa, una especie de gravedad melancólica dentro de una película que por lo general prefiere el color, la velocidad y el chiste rápido. Su presencia le da al universo un aire un poco más amplio, más misterioso, menos encerrado en la lógica del chascarrillo constante. Es una adición que enriquece visual y tonalmente la película. Algo parecido ocurre con Bowser, que esta vez encuentra una veta sorprendentemente interesante a partir de su relación con Bowser Jr.. Hay allí un conflicto que no esperaba gran cosa y que, sin embargo, termina funcionando mejor de lo que uno podría anticipar. Bowser ya no se presenta únicamente como el villano iracundo y voluminoso de siempre, sino como alguien atravesado por una forma peculiar de contradicción, por el deseo de impresionar a su hijo, por la necesidad de responder a la imagen de monstruo que él mismo ayudó a construir. Hay más carne en esos huesos de lo que la película finalmente explora, y quizá allí había una línea dramática todavía más rica que habría valido la pena desarrollar.
Visualmente, el filme está muy bien resuelto. No solo luce grande, luce juguetón. La imaginería espacial, los mundos flotantes, la sensación de viaje interplanetario y la manera en que la película adapta el diseño de los juegos a un lenguaje cinematográfico son parte de su gran triunfo. No se siente como una marca vaciada en pantalla, sino como una expansión legítima de un universo que ya tenía una identidad muy clara. El color, la composición, la movilidad de la cámara y la invención de sus escenarios convierten muchas secuencias en puro placer visual. La película sabe perfectamente que uno no entra a ver a Mario para buscar complejidad bergmaniana ni tratados sobre la condición humana. Uno entra para ver plataformas imposibles, persecuciones disparatadas, criaturas memorables, humor blanco bien dosificado y una serie de pruebas que mantengan el cuerpo narrativo siempre en movimiento. En eso, la película cumple con bastante holgura.
Y sin embargo, justo ahí aparece también su mayor debilidad. Porque si algo se le puede reprochar a Super Mario Galaxy, y esto no invalida en absoluto lo mucho que funciona, es cierta falta de cohesión en momentos concretos de su desarrollo. Hay acciones, decisiones y transiciones que se sienten un poco demasiado rápidas, demasiado empalmadas, como si la película tuviera prisa por llegar al siguiente gran momento visual y, en ese apuro, sacrificara algo de respiración dramática. No es que la historia no se entienda, se entiende perfectamente, pero sí hay ocasiones en las que el montaje parece empujar las piezas unas encima de otras con más entusiasmo que paciencia. Algunas escenas habrían ganado bastante con un poco más de espacio, con un segundo adicional para que la emoción aterrizara o para que una acción tuviera más peso antes de que la siguiente irrumpiera. Es un problema menor en términos de disfrute, pero visible en términos de construcción.
Eso se nota sobre todo en algunos arcos de personaje. Ciertos cambios emocionales o ciertas posturas morales parecen modificarse con una facilidad ligeramente excesiva, como si la película supiera que necesita mover a sus figuras a la siguiente casilla y no quisiera detenerse demasiado a justificar el recorrido. En el videojuego, eso suele importar menos. La lógica del juego acepta que el personaje avance porque lo esencial está en la mecánica, en el reto, en el placer del control. En una película, en cambio, esa ligereza puede dejar una sensación de desajuste. No arruina nada, pero sí provoca que la historia, por momentos, se sienta un poco más desordenada que la primera. Más expansiva, sí, más caótica, también, pero no necesariamente más sólida.
Y aquí conviene detenerse en esa palabra, caótica, porque en esta película el caos no es un insulto, es parte de su encanto. Super Mario Galaxy es caótica en el mejor sentido, es cambiante, inquieta, traviesa, llena de ideas, de referencias, de personajes, de situaciones que parecen surgir de una imaginación que nunca aprendió a quedarse quieta. Su problema no es tener demasiado caos, sino que en dos o tres momentos no termina de organizarlo con la claridad suficiente. Pero incluso esa desprolijidad parcial tiene algo coherente con el espíritu Mario. No estamos ante una saga que deba sentirse rígida, milimétrica o solemne. Su naturaleza es precisamente la del desborde, la sorpresa, el ritmo acelerado, el gusto por brincar de una idea a otra. La película, cuando mejor funciona, convierte ese principio en una virtud.
Y luego está el factor más elemental de todos, el más difícil de fabricar y el más fácil de percibir cuando aparece, la película se disfruta. Más allá de los reparos, más allá de que no sea tan compacta como la primera, más allá de que algunos personajes pedían un poco más de desarrollo o de que cierta información habría sido mejor descubrirla sin campañas promocionales empeñadas en matar la sorpresa antes del estreno, la verdad es que Super Mario Galaxy es una película muy entretenida. Tiene humor, tiene corazón, tiene secuencias muy bien logradas, tiene imaginación y tiene un amor evidente por el material del que nace. Se nota que entiende a los personajes, que respeta el universo y que sabe por qué millones de personas siguen regresando a Mario una y otra vez desde hace décadas.
No me parece mejor que la primera, pero tampoco me parece una decepción. Me parece una secuela verdaderamente buena, viva, interesante y generosa, una de esas películas familiares que quizá no sean perfectas, pero que salen al encuentro del público con suficiente inventiva, suficiento oficio y suficiente cariño como para dejar una sensación muy clara al final de la función, la de haber pasado un tiempo francamente agradable en compañía de personajes que uno ya quería y de otros que ahora quiere un poco más. Si hubiera tenido una cohesión más fina en ciertas acciones y un montaje menos apresurado en algunos tramos, probablemente estaría todavía más arriba. Aun así, lo que queda es muy positivo, un viaje cósmico, colorido y juguetón que sabe convertir el desorden en espectáculo y la familiaridad en aventura. Y eso, en una secuela de Mario, no es poco.