CRÍTICA | DISCLOSURE DAY | LA PELÍCULA QUE LA NASA NO QUIERE QUE VEAS

Publicado el 10 de junio de 2026, 4:02

Esta película es dirigida por el mismo cineasta que hace casi cinco décadas nos convenció de que un niño podía hacerse amigo de un extraterrestre perdido en un bosque de suburbio, Steven Spielberg, y que ahora, a los 79 años, regresa no para reinventar el género que él mismo inventó, sino para desmontarlo desde adentro, preguntándose en voz alta si todo lo que filmó como fantasía durante toda su carrera fue, en realidad, un ensayo involuntario para un momento que finalmente está llegando. Disclosure Day nos sitúa en un presente que se siente incómodamente cercano al nuestro, un mundo de transmisiones en vivo, algoritmos de noticias y desconfianza institucional generalizada, donde una meteoróloga cualquiera, una mujer cuya única ambición era leer el pronóstico del clima frente a una cámara, se convierte sin buscarlo en el canal involuntario de un mensaje que ningún gobierno del planeta estaba preparado para recibir en cadena nacional.

Basada libremente en décadas de testimonios, filtraciones y audiencias congresionales que Spielberg absorbió con la misma curiosidad obsesiva con la que en su juventud devoraba comics y matinés de ciencia ficción, la película encuentra su columna vertebral emocional no en el espectáculo del contacto sino en la pregunta mucho más terrenal de qué le hace a una persona común cargar, sin haberlo pedido, con una verdad que reorganiza por completo la jerarquía de lo que la humanidad cree saber sobre sí misma. Emily Blunt construye a esta mujer no como heroína de acción ni como científica iluminada, sino como alguien profundamente ordinaria a quien la historia decide, de manera casi cruel, entregarle el peso de la revelación, y es en esa fricción entre lo doméstico y lo cósmico donde la película encuentra su pulso más humano.

Alrededor de ella, Spielberg construye un ecosistema de poder que se siente menos como ficción especulativa y más como periodismo apenas disfrazado, con Josh O'Connor y Colin Firth encarnando dos versiones distintas de la maquinaria estatal que reacciona al fenómeno, uno desde la ambición personal y el otro desde el miedo institucional, mientras Colman Domingo aporta la conciencia moral de un relato que constantemente se pregunta quién tiene derecho a decidir qué verdad puede soportar la gente y quién decide, en cambio, sepultarla durante generaciones enteras bajo el argumento cómodo de la seguridad nacional.

Lo que distingue a esta película de cualquier otro ejercicio del género no es su presupuesto ni su reparto, sino la convicción personal que Spielberg arrastra consigo desde que un testimonio ante el Congreso lo dejó tan inquieto que terminó escribiendo el tratamiento original en las notas de su propio teléfono, una anécdota que dice más sobre el tono de la película que cualquier tráiler, porque revela que esto no nació como un producto calculado sino como una obsesión personal de un hombre que durante cincuenta años imaginó visitantes benévolos y ahora, quizás por primera vez, no está tan seguro de que la ficción siga siendo la palabra correcta.

La partitura de John Williams, en su colaboración número treinta con el director, funciona aquí de manera casi subversiva, negándose sistemáticamente al asombro fácil que ambos construyeron juntos en Encuentros Cercanos y en E.T., y optando en cambio por un lenguaje musical más contenido, más ansioso, como si el propio compositor entendiera que esta vez la maravilla y el terror comparten la misma nota sostenida, y que el público ya no sabe si debe mirar el cielo con esperanza o con la sospecha de que algo lleva demasiado tiempo observándonos desde ahí.

Hay algo profundamente irónico en que Spielberg, el cineasta que le enseñó a generaciones enteras a soñar con el contacto extraterrestre como un acto de asombro infantil, sea ahora quien filme la posibilidad de que ese contacto ya haya sucedido y simplemente no lo hayamos sabido, convirtiendo Disclosure Day en un espejo incómodo de su propia filmografía, una obra que dialoga con Encuentros Cercanos y Guerra de los Mundos no para homenajearlas sino para preguntarles, casi con reproche, si acaso sabían algo que decidieron contarnos disfrazado de entretenimiento.

La película avanza deliberadamente sin ofrecer la certeza reconfortante de un clímax explicativo, negándose a resolver en dos horas lo que instituciones enteras llevan décadas sin resolver, y en su lugar deja que la ambigüedad misma se convierta en el verdadero antagonista de la historia, porque el enemigo de estos personajes nunca es una nave ni una entidad hostil, sino la insoportable posibilidad de que la verdad, una vez liberada, no traiga alivio sino un vértigo colectivo del que ya no habrá manera de retroceder.

Al final, Disclosure Day no es una película sobre extraterrestres sino sobre la fragilidad de las instituciones que construimos para protegernos de lo desconocido, y sobre lo que ocurre cuando esas mismas instituciones deciden que estamos mejor sin saber, dejando a Spielberg, el eterno narrador del asombro, en el incómodo lugar de preguntarnos ya no si hay vida ahí afuera, sino cuánto tiempo más estamos dispuestos a que otros decidan por nosotros si merecemos conocer la respuesta. Esto es Disclosure Day, y llega hoy a las salas de cine para dejarte, al salir, mirando el cielo de una manera distinta.