CRÍTICA | YOU ME IN TUSCANY | LA COMEDIA ROMÁNTICA YA NO QUIERE SER INTELIGENTE, QUIERE VOLVER A ENAMORARTE

Publicado el 21 de mayo de 2026, 23:56

En You Me in Tuscany (Italia-EE.UU. para salas, 2025), debut en el largometraje del realizador Claudio Norza, con guion de Rebecca Sonnenshine, la joven estadounidense de ascendencia afrolatina Zara (Halle Bailey, fresca y luminosa desde La Sirenita de Halle Bailey-Marshall 23) se adentra por error o por destino en el corazón de una familia toscana disfuncional y suntuosa, haciéndose pasar ante ella por la prometida de alguien que no conoce, para acabar enamorándose —con la inevitable y perfecta geometría romántica que el género ha cincelado desde Historias de Filadelfia (Cukor 40)— del hermano equivocado, encarnado por Regé-Jean Page, actor dotado de ese carisma escénico raro que no se fabrica en los talleres del guion sino que emerge directamente de los poros, y que ya demostró en Los Bridgerton (Netflix 20-) ser capaz de sostener escenas enteras con la sola arquitectura de su presencia.

La comedia toscana, como convendría llamarla, no intenta reinventar nada ni le interesa la ironía posmoderna que gangrenó al género en la segunda mitad de los 2000, ese pudor ante el propio sentimentalismo que convirtió tantas rom-coms en caricaturas autocríticas de sí mismas. Lo suyo es otra cosa: la reivindicación descarada y sin disculpas del artificio clásico, emparentada con la tradición dorada de Mi gran boda griega (Zwick 02) y Cuatro bodas y un funeral (Newell 94), donde los personajes secundarios no orbitaban alrededor de la pareja central sino que la fundaban, le daban textura y justificación emocional. Esa familia excéntrica e italiana hasta el paroxismo —con sus discusiones exageradas, sus silencios cargados y su caos doméstico de villa aristocrática— es donde la película respira con más libertad y donde el guion, que en el desarrollo del romance principal tiende al camino más llano y menos perturbador, encuentra de pronto su mejor instinto narrativo.

La comedia toscana demuestra entender la diferencia capital entre sorprender y acompañar: no aspira a que el espectador ignore hacia dónde va —lo sabe desde el primer acto con la certeza con que se conoce el final de una sinfonía clásica— sino a que disfrute el trayecto con la comodidad de quien viaja en tren por paisajes conocidos pero siempre hermosos. Y Toscana, filmada aquí casi como fantasía arquitectónica y gastronómica, como postal wilderiana de escapismo mediterráneo, colabora activamente en esa operación de seducción atmospheric que va de las villas doradas de Bajo el sol de la Toscana (Wells 03) hasta el hedonismo cromático de Comer, rezar, amar (Murphy 10), pero sin su melancolía de fondo, sin su neurosis redentora, sin otra ambición que la de ser cómoda y luminosa.

El reparo mayor que podría formulársele es precisamente su renuncia sistemática al riesgo: la premisa de la impostora involuntaria y sus mentiras en cascada daba para explorar territorios de incomodidad emocional genuina, para forzar a sus personajes hacia decisiones que los comprometieran de verdad, pero el guion elige invariablemente el camino sin aristas, la solución que no perturbe el tono ligero, el conflicto que no duela demasiado. Es, en ese sentido, una película conscientemente menor, deliberadamente menor, que ha elegido la ternura sobre la complejidad y el encanto sobre la profundidad.

Y en una época donde el género parece avergonzarse de sí mismo y disfraza el romance de otra cosa, hay algo casi programático en esa elección. La comedia toscana culmina como reivindicación del lado más cursi e irredento de la comedia romántica, sin la distancia irónica que lo neutralizaría, abrazando con ambas manos lo que es: una película genuinamente encantadora que se verá perfectamente un domingo por la noche con una copa de vino y la inteligencia en suspenso, que es quizás la forma más honesta de ver ciertas películas y la única que merecen.