CRÍTICA | EVIL DEAD BURN | LA FAMILIA MÁS ENFERMA DEL CINE

Publicado el 9 de julio de 2026, 7:27

Veredicto primero: si tienes el estómago para el gore extremo, esta es de las mejores entregas que ha tenido la franquicia en años. Si no, mejor ve preparando las palomitas para otra cosa.

Sébastien Vaniček (se-bas-tián va-ni-chek) llega a esta sexta entrega del universo Evil Dead con una carta de presentación perfecta: en 2023 convirtió el miedo a las arañas en una experiencia de horror asfixiante con Vermines (Infested), y esa confianza se la ganó a pulso frente a Sam Raimi, quien sigue como productor ejecutivo de la saga. Escribió el guion junto a Florent Bernard, y juntos decidieron que esta película no iba a repetir la fórmula de siempre —grupo llega a cabaña, alguien lee el libro, aparecen los Deadites— sino construir algo con más peso emocional detrás del caos.

La historia sigue a Alice, interpretada por Souheila Yacoub (su-jei-la ya-kub), una mujer que acaba de perder a su esposo y busca refugio en casa de su familia política para procesar el duelo. El problema es que esa casa nunca fue el refugio que ella necesitaba: es una familia que llevaba años escondiendo su disfunción detrás de la fachada de "familia unida", y cuando empiezan a poseerse uno por uno buscando una reliquia capaz de devolver a los muertos, todo lo que estaba enterrado sale a flote de la forma más literal y sangrienta posible.

Ahí está el verdadero acierto de la película. No es solo una cacería de Deadites más. Es una historia sobre cómo la violencia doméstica y las heridas familiares se disfrazan de normalidad durante años, hasta que algo las obliga a estallar. Yacoub carga esa desesperación con un rostro que mezcla duelo genuino y terror puro, y consigue que te importe si sobrevive, algo que no todas las entregas de esta saga logran.

Técnicamente, la película es una locura bien calculada. El director de fotografía Philip Lozano y el editor Maxime Caro construyen secuencias de violencia con cámaras rotando, tomas cenitales, zooms bruscos y planos secuencia que no te dan tregua. Hay una escena de pelea dentro de un auto entre tres personajes que varios críticos ya señalan como una de las mejores secuencias de la franquicia: dedos amputados en la puerta, el techo solar destrozado, cinturones de seguridad usados para estrangular. Los objetos cotidianos —anzuelos, sacacorchos, cera caliente, un lavavajillas— se convierten en armas con una creatividad que honra el espíritu original de Raimi sin copiarlo.

Lo que también regresa, y que se había perdido en las últimas dos entregas, es el humor negro. Desde Evil Dead 2 esta saga nunca fue solo terror, siempre fue terror y comedia al mismo tiempo, y aquí ese equilibrio vuelve, mezclado con un gore tan extremo que la película estuvo a punto de quedarse sin clasificación comercial en Estados Unidos.

¿Qué no funciona? El ritmo casi no da respiro. Algunos críticos señalan que la violencia es tan constante que termina restándole peso a los momentos de reflexión emocional que la historia sí se había ganado. Varios personajes secundarios se sienten poco desarrollados antes de que el caos los devore, literal y narrativamente. Es una película que, en su obsesión por no soltarte nunca, a veces se olvida de dejarte respirar.

¿Es perfecta? No. ¿Es de las mejores películas de terror del año? Probablemente sí. Es una de esas raras secuelas que logra expandir la mitología de una franquicia de más de cuarenta años sin sentirse forzada, y que se atreve a hablar de duelo, culpa y lealtad familiar sin dejar de ser, ante todo, una película que te deja sin uñas.

Evil Dead Burn llega a cines el 8 de julio de 2026. Y si me preguntas cuál es la escena que casi le cuesta la clasificación R, prefiero que la descubras tú, con las manos sudando en la butaca.

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