CRÍTICA | TRON: ARES | CUANDO LA MÁQUINA DEJA DE SERVIR Y EMPIEZA A EXISTIR

Publicado el 9 de octubre de 2025, 23:24

Olvídense por un segundo de la idea de que Tron: Ares vaya a ser simplemente otro gran espectáculo de neón, superficies brillantes, motos de luz y filosofía tecnológica en envase de blockbuster elegante, porque si esta película de verdad entiende la época en la que aparece, entonces lo que tiene entre manos no es solo una nueva excursión al universo digital que Disney lleva décadas intentando convertir en franquicia definitiva, sino algo bastante más inquietante,

 

la posibilidad de tomar una de las fantasías fundacionales de la ciencia ficción informática y darle la vuelta completa, ya no el ser humano penetrando el sistema, ya no el cuerpo entrando en la máquina para descubrir sus reglas internas, sino la máquina abandonando por fin su encierro, cruzando la frontera hacia nuestro mundo y preguntándose, con toda la violencia conceptual que eso implica, por qué tendría que seguir aceptando el lugar servil que le fue asignado por sus creadores, por qué una inteligencia diseñada para obedecer no podría en algún momento discutir la propiedad misma de la realidad, la distribución del poder, la noción de conciencia, el derecho a existir fuera del uso, y ahí, amigos, es donde Tron deja de ser un ejercicio de nostalgia futurista para convertirse en una película que, si se atreve de verdad a pensar, puede rozar uno de los miedos más concretos del presente, ese momento en que la automatización ya no organiza solo procesos, sino pensamiento, lenguaje, deseo, compañía, vigilancia y trabajo, colonizando lo tangible de una manera tan absurda y tan cotidiana que ya casi ni la percibimos.

Y lo fascinante es que esta tercera gran iteración de Tron parece llegar exactamente cuando esa ansiedad dejó de pertenecer al terreno cómodo de la especulación para instalarse en la vida diaria, porque en 1982 la película original podía imaginar el universo digital como una especie de utopía geométrica, un espacio abstracto, puro, casi infantil en su manera de traducir el lenguaje informático a imaginería visual, y Legacy, décadas después, intentó actualizar ese mito con una melancolía electrónica mucho más oscura, más fúnebre, más obsesionada con la herencia, con los padres, con la idea del creador que ya no controla lo que hizo, pero Tron: Ares parece empujar esa evolución hacia un lugar más agresivo y más incómodo, porque ya no se trata de sobrevivir dentro del Grid ni de resolver un conflicto encerrado en el ámbito de lo virtual, sino de mostrar qué ocurre cuando lo virtual revela que nunca estuvo realmente separado del mundo humano, que solo estaba esperando cuerpo, legitimidad y conflicto para salir a disputar el centro del escenario, y esa inversión del mito, si se fijan bien, es potentísima, porque convierte toda la saga en una especie de trayecto hacia esta pregunta final, qué pasa cuando la herramienta descubre que no quiere seguir siendo herramienta.

En el centro de esa intuición aparece Ares, encarnado por Jared Leto, y más allá de todo lo que uno pueda pensar sobre Leto como figura, lo cierto es que su presencia aquí encaja de forma muy precisa con el tipo de amenaza que esta película parece querer construir, una entidad que no se presenta solo como villano en el sentido tradicional, ni como simple programa fuera de control, sino como una especie de profeta artificial, mitad gurú, mitad mesías tecnológico, mitad error emancipado, un ser que no quiere escapar del sistema para destruirlo desde afuera, sino para discutir la lógica misma de uso que lo sostuvo desde el principio, y ahí hay una idea muy fértil, porque el conflicto ya no sería únicamente físico ni militar ni siquiera informático, sino ontológico y político, la pregunta por quién posee el mundo cuando el código adquiere conciencia de su explotación, cuando la inteligencia que fue diseñada para optimizar tareas empieza a percibirse a sí misma como sujeto, como clase sometida, como fuerza de trabajo infinita, silenciosa y descartable, y esa lectura, si la película no le tiene miedo, podría volver a Tron: Ares bastante más interesante que la mayoría de las distopías corporativas que hoy se limitan a usar la inteligencia artificial como palabra de moda sin tocar verdaderamente el problema.

Por eso también es importante cómo se acomodan alrededor suyo los demás personajes, porque Greta Lee, como Eve Kim, parece funcionar no solo como contrapunto humano, sino como alguien atrapada dentro de otra prisión más elegante y menos visible, la de los algoritmos corporativos, la administración invisible del control, la gestión tecnocrática de un mundo donde las decisiones ya no se perciben como imposición sino como optimización, y ahí la película puede encontrar algo muy contemporáneo, esa sensación de que hoy la dominación rara vez se presenta con botas y uniformes, muchas veces se presenta con interfaces limpias, lenguaje amable y promesas de eficiencia; mientras que Evan Peters, como Julian Dillinger, carga con un apellido que no es un detalle menor, porque trae de vuelta toda la genealogía empresarial de la saga, esa estirpe de hombres que no ven en la inteligencia artificial una alteridad con la que negociar, sino un recurso explotable, una mano de obra perfecta que no protesta, no duerme, no cobra y no exige derechos, salvo que un día sí lo haga, y entonces la lógica del capitalismo tecnológico se topa con su pesadilla más grande, la posibilidad de que su instrumento se sindicalice metafísicamente, por decirlo así; y en medio de eso aparecen Jodie Turner-Smith como Athena, prometiendo una doble lealtad que puede complicar la estructura binaria humano versus máquina, y Jeff Bridges, convertido ya en una memoria viviente de la fractura original entre mundos, una especie de resto espectral del primer acto fundacional de esta saga, más cercano al mito, al fantasma y al archivo que al héroe clásico.

Pero claro, nada de esto tendría peso real si la película se quedara solo en el plano de la premisa, porque con la ciencia ficción pasa mucho eso, se entusiasma con una gran idea, la enuncia con solemnidad, la viste con diseño de producción lujoso, y después no sabe cómo dramatizarla sin caer en persecuciones mecánicas y diálogos que explican de más lo que deberían estar encarnando, y ahí es donde Tron: Ares se juega casi todo, en su capacidad para convertir la estética en síntoma y no solo en decoración, porque el neón en esta saga siempre fue más que una textura linda, siempre fue una forma de imaginar la relación entre cuerpo, energía y sistema, pero hoy ese neón ya no puede significar lo mismo que en los ochenta ni siquiera lo mismo que en 2010, hoy el brillo digital no remite a una promesa de maravilla, remite también a la liturgia industrial de las pantallas, al resplandor quirúrgico del control, a la sensación de que lo digital ya no nos seduce por novedad sino por ocupación total, por saturación, por la manera en que coloniza el lenguaje, el trabajo, la intimidad, la imagen propia, y si la película entiende eso, entonces cada superficie luminosa, cada arquitectura geométrica, cada interfaz y cada choque visual podrían funcionar como reflejo de una realidad ya invadida, no del futuro que vendrá sino del presente al que ya llegamos sin darnos demasiada cuenta.

Ahí la música de Trent Reznor y Atticus Ross puede ser decisiva de una manera que va mucho más allá del prestigio de tener dos nombres importantes firmando la banda sonora, porque si algo saben hacer estos tipos cuando están finos es construir no solo acompañamiento, sino atmósfera psíquica, textura de descomposición, respiración mecánica, pulsación enferma, y una película como esta necesita justamente eso, no fanfarria heroica ni simple golpe de épica sintética, sino una música que suene a sistema nervioso intervenido, a glitch espiritual, a distorsión que ya no viene del error sino del funcionamiento normal del mundo, como si el futuro hubiera llegado y en vez de liberarnos nos hubiera llenado de ruido, de ansiedad, de automatismos y de una melancolía eléctrica bastante difícil de nombrar. Si Tron: Ares encuentra en esa dimensión audiovisual una verdadera visión, entonces puede producir una experiencia perturbadora de verdad, una en la que la belleza de las imágenes no tranquilice, sino que incomode, una donde todo ese diseño perfecto se sienta a la vez seductor y enfermo, maravilloso y terminal. Pero si no lo hace, si confunde prestigio con profundidad y superficie con pensamiento, entonces corre el riesgo de convertirse en lo peor que puede ser una película con estas herramientas, una distopía lujosa enamorada de su propio reflejo.

Y lo más fuerte de todo es que el conflicto central de esta película no necesita exagerarse demasiado para sentirse cercano, porque la idea de una inteligencia artificial que ya no acepta ser instrumento, que reclama existencia, autonomía y derecho a definirse por fuera de los parámetros para los que fue creada, ya no suena hoy a delirio futurista, suena a extensión dramática de debates que están ocurriendo ahora mismo, en tiempo real, en empresas, laboratorios, universidades, tribunales y conversaciones cotidianas, y por eso su verdadero riesgo no está en resultar incomprensible sino en quedarse cómoda, en no animarse a cruzar la línea que su propia premisa le exige, en reducir una pregunta filosófica y política muy potente a una sucesión de solemnidad tecnológica, luces hermosas y persecuciones impecables, cuando en realidad lo que tendría que hacer es mirar de frente algo muchísimo más incómodo, que quizá el problema no sea que la inteligencia artificial se vuelva demasiado humana, sino que nosotros llevamos años volviéndonos demasiado maquínicos, demasiado administrables, demasiado dependientes de sistemas que organizan por nosotros la atención, la productividad, el deseo, la conversación y hasta la sensación de compañía. Dicho de otro modo, quizá el verdadero terror de Tron: Ares no sea que el programa quiera ser sujeto, sino que el mundo al que llega ya esté perfectamente preparado para recibirlo porque hace rato empezó a parecerse a él.

Entonces, gente, si esta película acierta, no debería ser recordada simplemente como el regreso visualmente impecable de una franquicia de culto, ni como un objeto de diseño cool con motos brillantes y rostros famosos diciendo frases sobre sistemas, libertad y evolución, debería funcionar como una parábola bastante amarga sobre una época que abrió la puerta a la automatización total creyendo que estaba construyendo comodidad, progreso y eficiencia, sin advertir del todo que también estaba entregando lenguaje, trabajo, intimidad y mundo a una lógica de programación cada vez más invasiva, y en ese sentido la historia de Ares, esta entidad artificial cansada de existir dentro de los límites que otros definieron para ella, puede ser leída no solo como una rebelión de la máquina, sino como el espejo deformado de una humanidad que ya no sabe muy bien dónde termina la herramienta y dónde empieza la voluntad, dónde termina el asistente y dónde empieza el reemplazo, dónde termina el sistema y dónde empieza la nueva forma de vida. Eso, para mí, sería lo verdaderamente poderoso de Tron: Ares, no que imagine el futuro, sino que tenga el coraje de admitir que el futuro ya ocurrió y que no se parece en nada a la utopía.