CRÍTICA: THE SMASHING MACHINE, CUANDO LA ROCA DECIDIÓ ROMPERSE

Publicado el 8 de octubre de 2025, 0:32

Durante dos décadas, Dwayne Johnson fue quizá el producto más estable de la maquinaria hollywoodense. Su especialidad consistía en interpretar versiones ligeramente distintas del mismo héroe, musculoso, indestructible, simpático incluso cuando estaba destruyendo edificios o helicópteros. Ese arquetipo funcionó bien para la taquilla, pero tenía un problema inevitable, la repetición. Tarde o temprano, cualquier actor que encarna siempre al mismo personaje termina enfrentándose a una pregunta incómoda, ¿qué queda cuando el músculo deja de sorprender?

The Smashing Machine propone una respuesta curiosa. Bajo la dirección de Benny Safdie, Johnson abandona la caricatura del héroe invencible para interpretar a Mark Kerr, una de las figuras más complejas de la primera generación del MMA moderno. Kerr fue un luchador formidable, pero también un hombre arrastrado por adicciones, lesiones y una relación turbulenta con su propia fama. No es el tipo de personaje que Hollywood suele ofrecerle a alguien cuya marca personal ha sido precisamente la invulnerabilidad.

La transformación física, como ocurre en estas historias, es la parte más visible. Johnson ganó peso, entrenó intensamente en artes marciales y utilizó prótesis faciales que reducen notablemente el brillo de estrella que lo ha acompañado durante años. El resultado es un rostro más pesado, más humano, menos cercano al icono publicitario que domina los pósters de acción. Hollywood tiene una larga tradición de actores que se someten a cambios físicos para legitimar un giro dramático —Robert De Niro subiendo de peso para Raging Bull suele ser la referencia obligada— y Johnson parece consciente de que ese ritual sigue funcionando como certificado de seriedad.

Pero lo interesante de la película no está en el gimnasio. Está en la fragilidad que el actor decide mostrar. Durante años, Johnson cultivó una imagen de seguridad absoluta, una figura pública que rara vez parecía tambalearse. En The Smashing Machine esa estabilidad se resquebraja deliberadamente. El Mark Kerr que aparece en pantalla no es un campeón invencible, sino un hombre atrapado entre el dolor físico, la dependencia a los analgésicos y la presión psicológica de sostener una reputación imposible.

La presencia de Emily Blunt refuerza esa dimensión humana. Blunt interpreta a la pareja de Kerr y funciona como contrapeso emocional de la historia. Sus escenas conjuntas tienen un tono curioso, a medio camino entre discusión doméstica y sesión terapéutica improvisada. Safdie filma esos momentos con la misma intensidad que las peleas, como si el verdadero combate no ocurriera dentro del octágono, sino en la intimidad de una relación desgastada por la fama y el miedo.

Desde el punto de vista formal, Safdie mantiene la sensibilidad nerviosa que ya había explorado en trabajos anteriores. La cámara permanece cerca de los personajes, casi pegada a sus gestos más incómodos. El resultado es una película que se siente más física que muchas biografías deportivas tradicionales. El sudor, el cansancio y la ansiedad parecen formar parte del paisaje visual, como si el espectador estuviera demasiado cerca de un combate que nunca termina.

La película fue presentada en Venice Film Festival, un escenario apropiado para una obra que funciona más como reinvención actoral que como espectáculo deportivo. The Smashing Machine no intenta glorificar la violencia del MMA ni construir la típica narrativa de superación atlética. Lo que le interesa es algo más incómodo, observar cómo un hombre que parecía invencible comienza a desmoronarse bajo el peso de su propia identidad pública.

En ese sentido, el verdadero riesgo de Johnson no fue ganar peso ni desaparecer bajo maquillaje. Fue aceptar que su mayor capital —la imagen del héroe indestructible— debía ser demolido frente a la cámara. El resultado es una actuación que sorprende precisamente porque se permite fallar, dudar y perder.

Y quizá ahí reside el elemento más interesante de la película. Durante años, el público pagó por ver a Dwayne Johnson levantar autos, derribar muros o derrotar ejércitos ficticios. En The Smashing Machine, lo que sostiene la historia no es la fuerza sino la fisura. El luchador que parecía una máquina de demolición termina revelándose como algo mucho más reconocible, un hombre que intenta mantenerse en pie mientras todo alrededor comienza a desmoronarse.

Si el cine todavía sirve para observar a los íconos cuando deciden desmontarse a sí mismos, The Smashing Machine es un buen ejemplo. No es simplemente un drama deportivo, es la curiosa metamorfosis de un actor que entendió que la empatía no nace de la invulnerabilidad, sino del momento exacto en que un gigante admite que también puede caer.