CRÍTICA: EL PADRE DEL AÑO, CUANDO LA IMPERFECCIÓN SE CONVIERTE EN LA ÚNICA FORMA POSIBLE DE AMAR

Publicado el 21 de octubre de 2025, 0:34

Hollywood ha construido durante décadas un tipo muy específico de padre cinematográfico. El modelo suele dividirse en dos variantes, el héroe silencioso que siempre sabe qué hacer o el desastre cómico que aprende la lección justo antes de los créditos finales. El Padre del Año se instala en un punto intermedio mucho más incómodo, el del hombre que descubre demasiado tarde que no supo ser padre cuando debía serlo. Esa premisa, que en otras manos habría terminado convertida en comedia ligera de reconciliación familiar, adquiere un tono más melancólico bajo la dirección de Hallie Meyers-Shyer, cineasta que parece interesada menos en la redención fácil que en la torpeza emocional de los adultos.

La película gira en torno a Andy Goodrich, interpretado por Michael Keaton, un marchante de arte que ha construido su vida sobre la ilusión de control. El orden doméstico se desmorona cuando su esposa ingresa en rehabilitación y él queda a cargo de sus hijos gemelos de nueve años. Lo que podría ser simplemente una premisa de caos doméstico se convierte en algo más interesante, una historia sobre la incapacidad masculina para reconocer sus propias carencias afectivas. Goodrich no es un mal hombre, pero tampoco ha sido precisamente un buen padre, algo que la película se encarga de recordarle con una persistencia incómoda.

La situación se complica cuando aparece Grace, su hija mayor, interpretada por Mila Kunis. Grace creció con una versión mucho menos presente de su padre, y la relación entre ambos se mueve constantemente entre la ironía defensiva y una necesidad mutua de reparación emocional. La película encuentra ahí su núcleo más interesante. No se trata simplemente de aprender a preparar loncheras o sobrevivir a berrinches infantiles, sino de algo más difícil, aceptar que el pasado no se puede corregir, solo reinterpretar.

Uno de los mayores placeres de la película es observar cómo Keaton habita ese proceso. Durante años el actor ha demostrado una habilidad particular para interpretar personajes ligeramente desbordados por su propia humanidad. Aquí esa cualidad funciona como motor emocional de la historia. Su Goodrich es orgulloso, torpe, algo egoísta, pero también genuinamente vulnerable. La película entiende que los cambios importantes no suelen ocurrir en discursos épicos, sino en momentos pequeños, en la incomodidad de pedir ayuda o en la vergüenza silenciosa de reconocer errores antiguos.

En términos de tono, la película se mueve dentro de una tradición bastante reconocible del cine dramático estadounidense. No busca la intensidad devastadora de los dramas familiares más oscuros, pero tampoco se abandona a la ligereza absoluta. Cianfrance —perdón, Meyers-Shyer— trabaja en una zona intermedia donde el humor aparece como mecanismo de supervivencia emocional. Las discusiones familiares, los silencios incómodos y las pequeñas reconciliaciones construyen una atmósfera que resulta sorprendentemente cercana.

Visualmente, la película adopta una estética coherente con ese enfoque. La fotografía de Jamie Ramsay utiliza una luz cálida y naturalista que evita el dramatismo excesivo. Los espacios domésticos aparecen abiertos, luminosos, casi terapéuticos, como si el entorno ofreciera una segunda oportunidad que el protagonista todavía no sabe cómo aceptar. La cámara se mantiene cerca de los rostros, privilegiando los gestos y las microexpresiones antes que cualquier artificio estilístico.

El ritmo narrativo es deliberadamente pausado. Meyers-Shyer parece confiar en que los personajes sostendrán la historia sin necesidad de grandes giros argumentales. Esa elección puede resultar demasiado cómoda para quienes esperan un drama familiar más incisivo, pero también es parte de la identidad del film. El Padre del Año prefiere construir su impacto emocional a partir de la acumulación gradual de pequeños momentos.

Hay, además, una idea central que atraviesa toda la película. La imperfección, lejos de ser un defecto que debe corregirse, puede convertirse en el punto de partida para una relación más honesta. Andy Goodrich comienza la historia convencido de que la paternidad es un sistema que puede gestionarse con suficiente disciplina. Termina descubriendo algo bastante más complejo, que ser padre consiste sobre todo en estar presente, incluso cuando uno no sabe exactamente cómo hacerlo.

El resultado es una película que no aspira a reinventar el drama familiar, pero sí a recordarnos algo que el cine suele olvidar con facilidad. Las segundas oportunidades rara vez llegan en forma de gestas heroicas. A veces aparecen en situaciones mucho más pequeñas, como un padre que, demasiado tarde, decide finalmente aprender a escuchar.

En tiempos donde el cine suele premiar la grandilocuencia, El Padre del Año apuesta por algo más discreto. Una historia sobre errores, afectos tardíos y la incómoda pero necesaria tarea de crecer cuando ya se suponía que uno debía ser adulto.