Hay algo particularmente triste, y por eso mismo muy cómico, en ver a un hombre tratar de recuperar su juventud a través de una idea mala. No una idea ambiciosa, no una idea noble, ni siquiera una idea románticamente torpe, sino una idea mala en el sentido más puro del término, una ocurrencia nacida de la mezcla entre nostalgia, crisis identitaria y exceso de confianza. Anaconda parte justamente de ahí, de esa clase de impulso que solo puede parecer genial cuando uno está demasiado desesperado por sentir que todavía queda algo por revivir. La premisa, en ese sentido, es ya medio chiste y medio diagnóstico: dos amigos en crisis de mediana edad viajan al Amazonas para filmar su propia versión de la película que marcó una parte delirante de su juventud. El problema, claro, es que la selva no distingue entre homenaje cinéfilo y estupidez humana.
Lo más inteligente de la película parece estar en asumir desde el principio que esta historia no puede sostenerse desde la solemnidad. No estamos ante una aventura selvática clásica, ni ante un simple revival de la criatura noventera, sino ante una comedia sobre hombres que han llegado tarde a sí mismos. Doug y Griff no son héroes de acción erosionados por el tiempo, sino tipos ligeramente descompuestos por la vida, por la frustración y por esa necesidad tan contemporánea de convertir cualquier vacío personal en proyecto. Quieren filmar, sí, pero lo que en realidad quieren es volver a sentir. Volver a ser aquellos espectadores excitados por el cine de exceso, por la desmesura de un monstruo digital o animatrónico, por la idea de que la aventura aún estaba afuera y no simplemente archivada en la memoria.
La película parece entender bien que esa nostalgia es al mismo tiempo tierna y patética. No la ridiculiza por completo, pero tampoco la idealiza. La observa como un gesto muy masculino de negación del presente, como un intento de escaparle a la evidencia de que el tiempo ya pasó y de que no todo regreso es una resurrección. En esa tensión encuentra buena parte de su comicidad. Lo interesante no es solo que estos personajes sean torpes, sino que lo sean con convicción, como si la energía con la que abrazan su propia mala idea pudiera todavía vencer al desgaste del mundo. Ahí, la química entre ambos resulta decisiva. No porque reinventen la dupla cómica, sino porque la película necesita que su amistad sea creíble para que la idiotez compartida tenga peso emocional. Y parece que lo logra.
Claro que Anaconda no vive solo del comentario generacional ni del humor sobre la masculinidad desubicada. También necesita funcionar como película de supervivencia, como juego de tensión entre la broma y el peligro real. Y ahí es donde la presencia de la serpiente deja de ser un simple guiño nostálgico para convertirse en el recordatorio brutal de que la naturaleza no participa del chiste. El monstruo, en ese sentido, devuelve a la película una fisicidad que la salva de quedarse en pura autoparodia. Porque si todo fuera ironía, si todo fuera referencia y guiño, la película probablemente se agotaría rápido. La amenaza obliga al relato a tensarse, a recordar que el cuerpo está en riesgo y que la selva es más que un decorado para una crisis masculina filmada con gracia.
Hay algo simpático, además, en esa idea de que el conocimiento cinéfilo de los protagonistas, o mejor dicho, su pésima lectura del cine de aventuras de los noventa, se convierta en herramienta absurda de supervivencia. Como si hubieran aprendido las reglas equivocadas del mundo a partir de películas equivocadas. Esa operación puede ser muy eficaz si está bien ejecutada, porque permite que la película sea al mismo tiempo homenaje y comentario, celebración del cine popular desmesurado y risa sobre quienes lo confundieron con un manual de vida. En ese punto, el tono lo es todo. Si Tom Gormican logra mantener el equilibrio entre la sinceridad cómica y el peligro tangible, Anaconda puede convertirse en una de esas rarezas que no buscan prestigio, pero sí placer puro de sala.
Lo mejor que podría decirse de una película así es que entiende su propia condición menor sin acomplejarse por ella. Que sabe que no está llamada a cambiar el cine, pero sí a recordarle al espectador que el cine popular también puede ser ligero, autorreferencial y bastante honesto en su tontería. En una época donde tantas comedias parecen avergonzarse de su propio absurdo y tantas películas de monstruos se sienten atrapadas entre la autoparodia y el blockbuster genérico, una propuesta así puede tener incluso un valor casi arqueológico. El de recuperar una forma de diversión menos calculada, más física, más boba en el mejor sentido.
Si funciona, Anaconda no funcionará por su profundidad, sino por su capacidad para encontrar humanidad en la ridiculez. En mostrar que a veces los cuarenta llegan con más miedo que sabiduría, y que en algunos hombres la nostalgia opera como una mordida tardía, una especie de veneno dulce que los convence de hacer estupideces para no sentir que ya pasó lo mejor. Que todo eso desemboque en una serpiente gigante parece, en realidad, bastante apropiado.Å