Hay criminales que roban bancos, hay otros que roban joyas, y luego está Jeffrey Manchester, que prefirió perforar techos de McDonald’s y esconderse durante meses en una juguetería. Hollywood, que desde hace décadas mira con debilidad a los delincuentes raros, tarde o temprano iba a enamorarse del personaje. Un Buen Ladrón llega además con una ventaja comparativa, la dirige Derek Cianfrance, cineasta que ha hecho carrera filmando hombres rotos como si fueran accidentes de tránsito emocionales. Con semejante material, lo raro habría sido que saliera una película convencional. Y, en efecto, no sale una película de persecuciones musculosas, sino una tragicomedia melancólica sobre un fugitivo que, más que dinero, parece andar robando pequeñas oportunidades de pertenecer.
La historia, basada en el caso real de Jeffrey Manchester, ya venía escrita con un nivel de absurdo que cualquier guionista prudente habría rebajado por inverosímil. Ex marine, padre en apuros, ladrón especializado en entrar por los techos, capturado, fugado, y luego refugiado durante medio año en una tienda Toys “R” Us. Dicho así parece una anécdota inventada por alguien que mezcló una noticia policial con una siesta viendo comedias indie de los 2000. Pero ese es justamente el tipo de material que mejor le sienta a Cianfrance, historias donde el delito no funciona como hazaña, sino como síntoma, señal de una desconexión con el mundo, con el sistema, y a veces con uno mismo.
Lo mejor de la película probablemente sea ver a Channing Tatum hacer algo que mucha gente todavía no termina de concederle, actuar de verdad sin apoyarse en el carisma físico como única herramienta. Su Jeffrey no es un pillo cool ni un criminal seductor, es un hombre que parece haber aprendido a sobrevivir improvisando y mintiéndose un poco en el proceso. Tiene vulnerabilidad, torpeza, encanto, una tristeza medio infantil que lo vuelve creíble como fugitivo y como tipo que todavía sueña con una vida normal. Si en Magic Mike Tatum entendía el cuerpo como herramienta de espectáculo, acá parece entenderlo como equipaje, algo que se arrastra, se esconde y, a veces, delata.
La película cambia de tono en el momento preciso, que suele ser también el momento en que este tipo de historias se desmoronan. Lo que empieza como thriller discreto sobre un delincuente en fuga deriva hacia otra cosa, una suerte de romance lateral entre Jeffrey y Leigh, el personaje de Kirsten Dunst, madre soltera, trabajadora, mujer que también carga con sus propias ruinas. Dunst, dicho al pasar, tiene un talento particular para darle espesor a personajes que en otras manos serían apenas función dramática. Y ahí el film se vuelve más interesante, porque ya no pregunta solo cómo escapar, sino qué tan posible es merecer otra vida cuando vienes arrastrando una cadena de decisiones pésimas.
Desde el punto de vista moral, Un Buen Ladrón entra en una zona siempre resbalosa. Cada vez que el cine humaniza a un criminal, aparece la acusación automática de “romantización”, como si entender fuera absolver. Cianfrance ya conoce esa discusión y no parece demasiado preocupado por desactivarla. La película no glorifica el delito, más bien lo trata como una prolongación de la intemperie emocional del personaje. Jeffrey no roba porque sea un genio antisistema ni un Robin Hood de techos comerciales, roba porque no sabe cómo vivir de otra manera, porque el sistema lo escupe y él responde con el único ingenio que le queda. Eso no lo hace admirable, lo hace triste. Y hay una diferencia importante entre ambas cosas.
Formalmente, Derek Cianfrance sigue siendo Cianfrance. Cámara cercana, gestos pequeños, silencios que duran un segundo más de lo cómodo, personajes filmados como si el director quisiera arrancarles la verdad por desgaste. La fotografía de Andrij Parekh ayuda bastante a esa sensación de intimidad precaria, con tonos cálidos pero gastados, oscuridades acogedoras y espacios que parecen vividos antes que decorados. La juguetería, en particular, funciona como uno de esos escenarios que en otro tipo de película serían puro truco, pero aquí adquieren algo casi tierno, un fugitivo viviendo entre muñecos, cajas y pasillos vacíos, como si la infancia ajena le ofreciera el refugio que la vida adulta nunca le dio.
No es una película especialmente apresurada, y menos mal. El ritmo pausado le permite construir eso que a Cianfrance le interesa más que cualquier giro de thriller, la erosión de una persona cuando intenta convencerse de que todavía puede salvar algo. Hay tensión, sí, pero no la del cine criminal clásico donde todo depende del siguiente movimiento policial. Aquí la tensión real es sentimental, cuánto tiempo puede sostener Jeffrey esa ficción de normalidad antes de que el pasado le caiga encima. Y, como suele pasar en el cine de Cianfrance, la respuesta no viene en forma de gran explosión emocional, sino de aceptación agria, de entender que hay redenciones que solo existen si uno está dispuesto a pagar por ellas.
En suma, Un Buen Ladrón es una de esas películas que parecen pequeñas hasta que te das cuenta de que llevan un rato respirándote cerca. Tiene una historia real tan rara que parece inventada, un director ideal para filmar a un perdedor con algo de nobleza estropeada, y un Channing Tatum que por momentos da la impresión de estar entregando la mejor actuación de su carrera. Si lo que buscan es un thriller de robos con músculo y persecuciones, quizá les convenga cambiar de sala. Pero si les interesa ver cómo un fugitivo puede convertirse en una figura tristemente humana, esta es una muy buena apuesta.
Después de escapar de prisión, el exsoldado y ladrón profesional Jeffrey Manchester encuentra refugio en una tienda Toys “R” Us, donde logra sobrevivir durante meses sin ser descubierto mientras planea su próximo movimiento. Sin embargo, cuando se enamora de una madre divorciada, su doble vida comienza a desmoronarse.
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