CRÍTICA: ZOOTOPIA 2, CUANDO UNA CIUDAD QUE SE CREÍA INCLUSIVA DESCUBRE QUE TODAVÍA NO SABE VIVIR CON TODOS

Publicado el 27 de noviembre de 2025, 22:12

Esta película está dirigida por Jared Bush y Byron Howard, escrita por el propio Bush, y nos regresa a una de las ciudades más estimulantes que ha producido Disney en mucho tiempo, no solo porque Zootopia fuera un universo lo bastante ingenioso, colorido y flexible como para justificar una nueva historia, sino porque pocas veces una secuela entiende tan bien que volver no consiste en repetir el encanto, sino en tensarlo, en llevarlo hacia un lugar más incómodo, más interesante y más cercano a las contradicciones reales de cualquier sociedad que presume armonía mientras sigue reorganizando sus prejuicios con palabras más bonitas.

Zootopia 2 retoma a Judy Hopps y Nick Wilde ya consolidados como figuras importantes dentro de la policía de la ciudad, situándonos en una metrópolis que ya no se siente solo como un parque temático de mamíferos adorablemente renderizados, sino como un espacio con memoria, con tensiones acumuladas y con la sospecha de que la paz entre especies nunca fue una victoria definitiva, apenas una tregua lo bastante fotogénica como para hacer creer que el problema estaba resuelto.

Esta es la historia de cómo una ciudad que parecía haber aprendido la lección descubre que ampliar de verdad la idea de convivencia implica alterar todo su sistema, cuando la llegada de Gary De’Snake y la irrupción de nuevas especies obligan a Judy y Nick a investigar un misterio que poco a poco deja de parecer un simple caso policial para convertirse en el síntoma de un problema mucho más profundo, uno que atraviesa la estructura misma de Zootopia y pone en evidencia que toda comunidad que presume inclusión, tarde o temprano, termina enfrentándose al hecho de que siempre hubo alguien a quien había dejado fuera del encuadre. Lo inteligente de la película es que no usa ese conflicto solo como excusa para el espectáculo o para vender nuevos personajes adorables, que obviamente también lo hace porque esto sigue siendo Disney y nadie invierte cientos de millones sin pensar en juguetes, sino como una forma bastante hábil de convertir el misterio en una herramienta para hablar de miedo, poder, costumbre, convivencia y de esa forma elegante en la que las ciudades suelen excluir mientras dicen lo contrario.

Lo mejor es que la película no traiciona aquello que hizo funcionar tan bien a la primera. Judy sigue siendo esa fuerza idealista, insistente, casi incapaz de dejar de creer en un orden mejor, y Nick conserva esa ironía flexible, esa inteligencia rápida y ese modo de observar el mundo con distancia sin dejar de comprometerse con él, pero ahora entre ambos ya no solo hay química de opuestos, sino confianza, experiencia compartida y una maduración profesional que vuelve mucho más rica su dinámica. Ya no estamos únicamente ante la coneja aplicada y el zorro escéptico repitiendo el mismo juego, sino ante dos personajes que se conocen, que ya pasaron por una crisis juntos y que ahora tienen que moverse dentro de una ciudad más compleja, donde el humor no nace solo del contraste de personalidades, sino de la manera en que ambos intentan leer un mundo que ha cambiado y que exige de ellos algo más que entusiasmo o astucia. Esa evolución, que en tantas franquicias se promete pero casi nunca se escribe de verdad, aquí sí se siente.

También hay algo muy atractivo en cómo la película entiende el crecimiento del universo. No se limita a mostrarnos nuevos barrios, nuevas especies o nuevas texturas visuales como si con eso bastara para fingir expansión. Lo que hace es poner en crisis el modelo original de ciudad. Zootopia ya no es solo un lugar fascinante para pasear la mirada, para admirar la creatividad de sus escalas, sus climas y su diseño urbano, sino una máquina social que empieza a chirriar, un sistema que parecía modélico hasta que la realidad lo obliga a revelar sus grietas. Y ahí la película gana muchísimo espesor, porque comprende algo fundamental: los mundos interesantes no crecen de verdad cuando se añaden más piezas decorativas, sino cuando se cuestiona el funcionamiento del conjunto. No basta con ampliar el mapa, hay que incomodar la lógica que lo sostenía.

Visualmente, además, la película vuelve a confirmar que Disney todavía sabe construir espectáculo con claridad. La animación no está ahí solo para presumir músculo técnico, aunque claramente podría hacerlo, sino para volver más complejo el espacio dramático. Las persecuciones tienen nervio, los escenarios se sienten más estructurales que turísticos, las diferencias físicas entre especies se convierten en recursos de acción, comicidad y tensión, y lo más importante es que incluso en sus secuencias más agitadas nunca se pierde la legibilidad. Sabemos quién persigue a quién, por dónde, con qué riesgo y con qué objetivo, algo que parece una obviedad pero que hoy en día es casi una rareza en buena parte del blockbuster contemporáneo. La película entiende que el caos visual no equivale automáticamente a intensidad, y esa disciplina formal le da una energía mucho más limpia y disfrutable.

Narrativamente, todo fluye con bastante inteligencia entre tres grandes movimientos: primero la instalación de una normalidad aparente, con Judy y Nick operando dentro de una ciudad que cree haberse estabilizado; luego la irrupción del caso y el progresivo desorden de las certezas, cuando Gary deja de ser una anomalía para convertirse en catalizador de una ansiedad más amplia; y finalmente un desenlace de escala mayor donde la investigación, la acción y la crisis social terminan fundiéndose. Lo interesante es que la película nunca abandona del todo su vocación de entretenimiento familiar, pero tampoco le huye a las ideas. Y ahí encuentra un equilibrio poco común, porque sabe que la pedagogía sin espectáculo suele volverse inerte, mientras que el espectáculo sin ideas se evapora apenas termina. Zootopia 2, con bastante oficio, consigue convivir en ambos registros sin romperse.

Por supuesto, todo esto puede leerse también con cierta cautela. Hay quienes verán aquí una expansión orgánica y pertinente del universo original, y hay quienes pensarán que su discurso sobre convivencia y diversidad simplifica demasiado conflictos que en la realidad son muchísimo más brutales, opacos y difíciles de resolver que en una película de 107 minutos producida por Disney. Las dos lecturas tienen algo de razón. La película no deja de ser una pieza de entretenimiento masivo, afinada para emocionar, divertir y cerrar con una idea de unidad suficientemente fuerte como para hacer salir al público con esperanza, pero también suficientemente cómoda como para no incomodar demasiado a la maquinaria que la financia. Aun así, sería injusto pedirle la densidad de un tratado sociológico cuando lo que ofrece, y ofrece muy bien, es una dramatización accesible de cómo cambia una ciudad cuando el otro deja de ser una abstracción y se vuelve vecino, aliado, sospechoso o compañero de trabajo.

Al final, Zootopia 2 funciona porque sabe exactamente qué hereda y qué necesita transformar. No intenta destruir la primera película, ni parasitarla, ni fingir madurez oscureciéndose artificialmente. Lo que hace es tomar aquella idea tan seductora de que cualquiera puede ser lo que quiera y ponerla frente a una pregunta mucho más incómoda: qué ocurre cuando ampliar de verdad el “cualquiera” obliga a cambiar el sistema entero. Ahí encuentra su verdadera razón de existir. No en repetir el encanto del original, sino en demostrar que convivir de verdad nunca fue tan simple como sonreír para la foto. Esto es Zootopia 2, y si lo que buscas es una secuela ágil, inteligente, visualmente formidable y con suficiente subtexto como para sentir que debajo del pelaje todavía hay algo pensando, esta película entiende bastante bien cómo evolucionar sin traicionar lo que la hizo nacer.å