CRÍTICA | DEPREDADOR: TIERRAS SALVAJES | CUANDO EL MONSTRUO DEJA DE DAR MIEDO Y EMPIEZA A PEDIR EMPATÍA

Publicado el 6 de noviembre de 2025, 21:59

Hay algo casi tierno, y lo digo con toda la ironía que una película de Depredador permite, en descubrir que una de las criaturas más icónicas del cine de cacería intergaláctica, una raza que durante décadas fue definida por su brutalidad, su silencio y su lógica casi ritual de matar, despedazar y coleccionar trofeos, termine atrapada en una película que por momentos parece más interesada en pedirnos que la abracemos emocionalmente que en recordarnos por qué alguna vez nos dio miedo.

Esta película nos sitúa ya no frente a la amenaza pura de un cazador Yautja observando desde la sombra, sino ante la historia de un marginado dentro de su propia especie, un Depredador joven, rechazado, humillado y empujado a probar su valor en un planeta hostil donde no solo tendrá que sobrevivir a criaturas letales, sino también encontrar una forma de redefinirse lejos de la violencia jerárquica que lo formó. Y ahí está el gran giro de Depredador: Tierras salvajes, una entrega que no retoma al cien por ciento el concepto original de esa raza diseñada para matar, comer y devorar sin emociones, sino que decide desviarse hacia algo más sentimental, más accesible, en algunos momentos incluso abiertamente cursi, hasta el punto de rozar una sensibilidad que choca de frente con todo lo que la saga había construido antes.

Dirigida por Dan Trachtenberg, que ya había demostrado con Prey una capacidad real para revitalizar la franquicia sin traicionar del todo su esencia, la película se mueve aquí en un terreno más arriesgado. En lugar de volver a la estructura seca y depurada de la cacería, intenta expandir el universo Yautja desde dentro, dándole a uno de sus monstruos una herida, una necesidad de reconocimiento y hasta una trayectoria de emancipación personal. El problema es que en ese tránsito hay momentos donde el relato parece olvidar que está trabajando con una mitología sostenida en la idea del depredador como fuerza de muerte, no como figura de redención emocional. Y sin embargo, sería injusto negar que también hay una ambición genuina detrás de esa decisión, la de empujar la saga hacia otro registro y preguntarse qué pasa cuando el monstruo deja de ser únicamente monstruo.

Esta película nos expone así a una contradicción constante. Por un lado, la humanización del personaje central puede sentirse demasiado blanda, demasiado diseñada para provocar identificación donde antes había distancia y amenaza, y en ese sentido sí hay una cursilería que desactiva parte del filo brutal que hacía especial a la franquicia. Pero por otro, esa misma apuesta abre un territorio nuevo, porque obliga a mirar la cultura Yautja no solo como maquinaria de caza, sino como estructura de desprecio, de jerarquía y de violencia interna. El Depredador deja de ser solamente el cazador perfecto para convertirse en alguien atravesado por el rechazo de su especie, y aunque esa operación no siempre funcione con elegancia, al menos evita que la película sea una repetición vacía del esquema de siempre.

Lo que la sostiene en sus mejores momentos es precisamente esa mezcla entre aventura de supervivencia, western espacial y expansión del lore. Trachtenberg entiende bien la escala del espectáculo, el valor del desplazamiento a un entorno nuevo y la utilidad dramática de convertir el planeta en una prueba constante. Visualmente hay un deseo claro de llevar la saga a otro territorio, menos selvático y más abiertamente de ciencia ficción, con criaturas, paisajes y una sensación de hostilidad amplia que por momentos sí devuelve algo del asombro físico que uno espera de una historia así. También ayuda la idea de cruzar este universo con la imaginería corporativa y sintética de Weyland-Yutani, porque introduce una capa industrial y mitológica que, bien usada, puede enriquecer bastante el conjunto.

Así que sí, se le puede reprochar sin problema que por momentos dulcifica demasiado a una criatura que no necesitaba convertirse en héroe emocional para seguir siendo interesante, y que en esa decisión rompe parte de la dureza que definía a la saga. Pero también conviene reconocer que Depredador: Tierras salvajes no parece movida por la pereza, sino por una voluntad real de reformular el mito, incluso a riesgo de equivocarse. Y en un panorama lleno de franquicias que solo repiten fórmulas hasta vaciarlas, ese gesto por lo menos tiene algo de valor.

Esta es la historia de un cazador criado en una cultura de violencia absoluta que, al ser expulsado y obligado a sobrevivir lejos de los suyos, termina descubriendo que la verdadera lucha no está solo en matar a la bestia más grande, sino en decidir qué parte de su herencia merece conservar y cuál necesita destruir, aunque en ese proceso la saga se vuelva más blanda, más sentimental y bastante menos feroz de lo que alguna vez fue. Esto es Depredador: Tierras salvajes.