Hay algo entrañablemente artificial en estas películas donde un rayo, una galleta de la fortuna o cualquier excusa mágica decide recordarnos que la familia solo puede entenderse a base de caos, intercambio de cuerpos y humillación pública, pero quizá justamente por eso siguen funcionando, porque no prometen reinventar nada, solo devolvernos durante un par de horas a ese tipo de comedia ligera, colorida y ruidosa que uno veía en los noventa o principios de los dos mil con un bote de palomitas al lado y sin la menor intención de pensar demasiado.
Esta película nos sitúa otra vez dentro de ese mecanismo tan conocido del cambio mágico de identidad, el mismo que ya habíamos visto en tantas variaciones de la comedia fantástica, desde Este cuerpo no es mío hasta la propia tradición de Viernes de locos, y en ese sentido Otro viernes de locos no pretende descubrir una fórmula nueva ni actualizar radicalmente el género, sino retomar con bastante claridad esa estética de enredos, choques generacionales y aprendizaje emocional empaquetado en clave de entretenimiento familiar. Lo interesante es que lo hace entendiendo muy bien cuál es su verdadero motor, no el ingenio de la premisa, que ya lo conocemos de memoria, sino el carisma de sus dos actrices centrales y la nostalgia que arrastran.
Aquí el gran centro de gravedad vuelve a estar en Lindsay Lohan y Jamie Lee Curtis, que sostienen la película como si el tiempo hubiera pasado lo suficiente para cambiar sus rostros, sus energías y sus posiciones dentro del relato, pero no para romper la química que las convirtió en un dúo tan eficaz desde el principio. Lohan aparece renovada, más atractiva, más asentada y todavía capaz de explotar esa vis cómica que siempre la hizo funcionar mejor cuando el material le exigía ligereza y timing antes que prestigio dramático, mientras Curtis sigue aportando esa mezcla tan precisa de autoridad, descontrol y entrega física que vuelve verosímil incluso la tontería más grande.
Esta película nos expone entonces a una carrera contra la nostalgia, pero no en el sentido negativo de una secuela desesperada por repetir sus viejos trucos, sino en el de una producción que sabe exactamente qué recuerdos quiere activar. Recupera el espíritu de esas comedias de los noventa y dosmiles donde el conflicto no tenía que ser particularmente profundo para resultar eficaz, bastaba con una premisa clara, un puñado de malentendidos, cuerpos equivocados, adolescentes al borde del colapso, adultos obligados a vivir lo que no entienden y una sucesión de escenas pensadas para que uno se ría de la incomodidad antes que de un gran chiste. Todo está ahí, el ritmo ligero, la estructura familiar, el desorden controlado, la sensación de estar viendo una película que no aspira a ser más importante de lo que es.
Lo mejor es que esa falta de novedad no necesariamente juega en su contra. Hay algo casi reconfortante en que el planteamiento siga siendo el mismo, porque la película parece asumir con bastante honestidad que su misión no es revolucionar el cine de estudio ni ofrecer una reflexión inédita sobre la identidad, sino ser entretenida. Y lo logra desde un lugar bastante limpio, el de una comedia fantástica hecha para dejarse ver con facilidad, con suficiente energía como para sostener el enredo y con el encanto extra de ver a Lohan y Curtis volver a una dinámica que todavía conserva chispa. En ese sentido, funciona como funcionan muchas de estas secuelas tardías, no porque tengan algo esencialmente nuevo que decir, sino porque reactivan una sensación que el espectador ya quería volver a sentir.
Esta es la historia de cómo dos mujeres atrapadas otra vez por un mecanismo mágico de intercambio descubren, en medio del caos familiar, la boda, los choques generacionales y una nueva ronda de humillaciones cómicas, que a veces basta con repetir una fórmula conocida con las actrices correctas, el ritmo adecuado y la dosis justa de nostalgia para construir una película amable, divertida y perfectamente funcional para dejarse llevar sin exigirle demasiado al cerebro. Esto es Otro viernes de locos.