CRÍTICA | MICHAEL | EL MEJOR BIOPIC DE LA DÉCADA

Publicado el 21 de abril de 2026, 6:01

Sin duda una de las experiencias más hipnóticas, brutales y descomunales que puede ofrecer una biopic musical reciente, porque hay momentos en los que Michael deja de sentirse como una simple interpretación y empieza a operar como una aparición, como si Jaafar Jackson no estuviera encarnando a Michael Jackson sino siendo atravesado por él, poseído por su energía, por esa manera irrepetible de quebrar el cuerpo, de mirar con una mezcla de fragilidad, magnetismo y dolor, de moverse como si el ritmo no viniera de la música sino de una corriente más profunda, más extraña, más grande que cualquier escenario. Esta es la historia de cómo una de las figuras más gigantescas que ha dado la cultura popular moderna es convertida en espectáculo cinematográfico a través de una película que entiende perfectamente la dimensión mítica de su protagonista, la escala sobrenatural de su presencia, y que por eso mismo no intenta reducirlo a la comodidad de una biografía convencional, sino elevarlo al terreno donde pertenecen las leyendas, los íconos absolutos, los nombres que no solo marcaron una época sino que prácticamente la redefinieron.

Lo más impresionante de Michael no es únicamente la precisión con la que reconstruye canciones, videos y momentos que ya forman parte de la memoria visual del planeta, sino la sensación de que todo está organizado para devolvernos lo imposible: ver a Michael una vez más. Y aunque sabemos que no es Michael, aunque sabemos que esto es cine, producción, coreografía, maquillaje, herencia y representación, la película consigue por instantes algo que parece ir más allá de la mímesis. Funciona de una manera brutal. Funciona porque Jaafar no se limita a parecerse a su tío, sino que en varios momentos desaparece dentro del mito, y ahí la película encuentra su mayor fuerza, porque deja de tratarse de una actuación y se convierte en una especie de trance pop, en una invocación, en la ilusión inquietante y fascinante de que el espíritu mismo de Michael hubiera regresado para habitar la pantalla. Hay secuencias en las que uno no siente que está viendo a un actor reproducir a una superestrella, sino asistiendo a la resurrección momentánea de un aura que durante décadas fue demasiado grande incluso para el mundo que la contemplaba.

Pero quizá lo más interesante de Michael es que su grandeza convive todo el tiempo con su cautela. Porque esta no es una película libre: es una película vigilada por el peso del legado, por la necesidad de preservar al ícono, por la maquinaria que entiende que está trabajando con una figura demasiado inmensa como para arriesgarse a fracturar del todo el monumento. Y entonces la película avanza como el relato a escala de una odisea épica, la reconstrucción del mito fundacional de la figura más icónica que ha dado la música en el último siglo. Cada episodio, cada caída, cada dolor privado, cada estallido escénico y cada triunfo multitudinario están organizados como estaciones de una leyenda mayor que la vida, como si la película supiera que Michael Jackson no pertenece únicamente al terreno de la biografía, sino al de esos seres que terminan convertidos en símbolos absolutos de su tiempo. No estamos viendo solo la vida de un artista, sino la consolidación de una presencia casi sagrada, el levantamiento de una figura que transformó para siempre la relación entre música, imagen, celebridad, espectáculo y mito.

Y aun así, en medio de esa dimensión colosal, hay una herida que jamás desaparece. La película encuentra una parte importante de esa oscuridad en la figura del padre, interpretado por Colman Domingo, seco, duro, amenazante, verdaderamente devastador, una presencia que explica sin necesidad de subrayados excesivos cuánto del dolor posterior de Michael nace ahí, en el origen, en una infancia moldeada por la exigencia brutal, por el miedo, por la disciplina convertida en violencia, por la imposibilidad de ser niño cuando el destino ya te está empujando a convertirte en espectáculo. Es ahí donde Michael toca algo genuinamente doloroso, porque debajo del brillo, del virtuosismo y del asombro escénico, deja ver a un ser construido desde la presión, desde el control y desde una necesidad de perfección que no parece haber surgido de la ambición, sino de una fractura temprana que nunca terminó de sanar.

La gran virtud de la película es que entiende que Michael Jackson jamás podría explicarse únicamente a través del dato biográfico, porque lo que lo convirtió en una figura irrepetible no fue solo lo que vivió, sino la manera en que transformó cada herida, cada obsesión y cada impulso creativo en una forma de espectáculo que parecía venir del futuro. Por eso las secuencias musicales no se sienten como adornos ni como simple fan service, sino como el verdadero corazón de la película, como si ahí, en la reconstrucción de los videos, de los conciertos, de los movimientos, de la electricidad casi imposible de su cuerpo, estuviera la única vía honesta para acercarse a él.

Michael no solo revive canciones: revive el fenómeno de ver a alguien que parecía no obedecer las leyes normales del carisma, del ritmo o de la presencia escénica. Y en una sala de cine eso tiene un poder enorme, porque hay algo contagioso en esa energía, algo que convierte la proyección en una experiencia casi física, casi colectiva, casi ceremonial.

Ahora bien, precisamente por apostar por esa dimensión monumental del mito, la película también da la impresión de preferir la grandeza de la leyenda antes que la complejidad total del hombre. Hay aspectos que se rozan pero no se exploran con toda la profundidad que podrían alcanzar, como si la película, fascinada con razón por el tamaño sobrenatural de su protagonista, temiera interrumpir el hechizo deteniéndose demasiado en las zonas más incómodas, más contradictorias o más dolorosas de su intimidad. Y ahí está quizá su límite más evidente: Michael es gigantesca cuando se propone hacernos sentir la inmensidad de su figura, la escala casi divina de su presencia, pero se contiene justo cuando debería descender por completo a la herida.

No deja de ser poderosa, no deja de ser emocionante, no deja de ser una película hecha para ser vivida en una pantalla enorme, pero sí deja esa sensación de que debajo de la obra celebratoria, de la epopeya pop, de la reconstrucción del mito fundacional, hay una película más feroz, más incómoda y más dolorosa esperando romper por completo la superficie, y quizá por eso mismo se espera con ansias una segunda entrega. Porque Michael no cabe en dos horas.