Con la presión de una escena musical que lo convierte demasiado pronto en profeta, con periodistas, fans y colegas leyendo en él la voz de una generación mientras él apenas parece interesado en obedecer el papel que le asignaron,
A Complete Unknown sigue a Bob Dylan en esos años de principios de los sesenta en los que pasar de muchacho desconocido de Minnesota a figura central del folk neoyorquino no fue solo un ascenso meteórico, sino el inicio de una fricción cada vez más incómoda entre el artista que el público quería conservar intacto y el músico que ya estaba buscando cómo romper su propia leyenda antes de que terminara de fijarse.
James Mangold, que ya había demostrado en Walk the Line una intuición muy precisa para convertir la biopic musical en un relato clásico, fluido y profundamente accesible sin vaciar del todo a sus personajes, vuelve aquí a ese territorio, pero lo hace con una decisión especialmente interesante, no contar toda la vida de Bob Dylan, no perseguir el resumen total, sino concentrarse en un periodo muy concreto, de 1961 a 1965, cuando la identidad pública del cantante se estaba formando al mismo tiempo que empezaba a resquebrajarse desde dentro, hasta desembocar en esa irrupción eléctrica en Newport que no solo funciona como clímax dramático de la película, sino como el momento en que el cine intenta atrapar una auténtica mutación cultural, la escena en la que un ídolo del folk deja de pertenecerle del todo a su comunidad para convertirse en otra cosa, algo más incómodo, más moderno, más libre y también más difícil de amar.
Lo mejor de la película está en que entiende que no estamos solo ante la historia de un músico famoso, sino ante una batalla mucho más amplia entre creación y expectativa, entre el impulso de cambiar y la violencia con la que el público castiga a quienes cambian demasiado pronto o en la dirección equivocada. Todo el conflicto de Dylan aquí pasa por esa negativa a repetir exactamente lo que sus seguidores quieren escuchar, por esa resistencia casi insolente a convertirse en una máquina de nostalgia instantánea aun cuando apenas está empezando. La película captura muy bien esa presión extraña que recae sobre ciertos artistas, no basta con triunfar, además deben quedarse quietos para que los demás puedan seguir reconociéndolos. Y Dylan, al menos el Dylan que la película construye, no parece dispuesto a regalar esa comodidad.
Timothée Chalamet sostiene todo eso con una interpretación impresionante, no solo por el parecido físico o por la manera en que desaparece dentro de los gestos, la voz y la actitud del personaje, sino porque logra encarnar algo más difícil, esa mezcla de magnetismo, distancia, talento y fastidio que vuelve a Dylan tan fascinante como exasperante. La película no intenta volverlo simpático a toda costa, y esa es una de sus mayores virtudes. Hay algo irritante, esquivo y hasta cruel en su forma de relacionarse con los demás, tanto en sus vínculos sentimentales como en su trato con quienes intentan entenderlo, pero justamente ahí aparece una verdad más rica que la del genio santificado, la de un artista brillante que también puede ser ingrato, huidizo y emocionalmente opaco. Chalamet consigue que esa opacidad no se vuelva un vacío, sino una presencia.
Alrededor suyo, el reparto acompaña con enorme solidez. Edward Norton compone un Pete Seeger cálido y lleno de convicción, Monica Barbaro aporta una presencia decisiva dentro del juego emocional y artístico que rodea a Dylan, Elle Fanning ayuda a subrayar el costo íntimo de ese temperamento evasivo, y Boyd Holbrook, en un tiempo limitado pero contundente, deja una impresión fortísima como Johnny Cash, casi como si James Mangold volviera a dialogar consigo mismo y con aquella otra película que hizo sobre músicos arrastrados por su propio mito. Hay en esos secundarios una sensación de ecos, de linaje, de comunidad artística, de compañeros que admiran, cuestionan, empujan o no terminan de comprender del todo a alguien que está mutando delante de ellos.
También hay un placer muy evidente en la manera en que la película reconstruye el periodo. Mangold apuesta por una puesta en escena clásica, limpia, amplia, muy apoyada en el diseño de producción, en la textura de la época, en la autenticidad de los espacios y en la fuerza de las canciones interpretadas casi como columna vertebral dramática más que como simple decoración biográfica. Se siente el Nueva York de los primeros sesenta, se sienten los clubes, los conciertos, los festivales, la transición de una sensibilidad folk hacia otra electricidad cultural mucho más convulsa. Y cuando la película se detiene en la música, cuando deja respirar una interpretación y permite que el artista exista dentro de la canción completa y no solo en fragmentos ilustrativos, es cuando mejor comprende la dimensión real de aquello que intenta retratar.
Tal vez su punto más discutible esté en que, para quien no conozca mucho de Dylan, hay momentos en los que la película parece confiar demasiado en la familiaridad previa del espectador con ciertos gestos, tensiones o episodios icónicos. A veces uno quisiera entender un poco más por qué Dylan elige exactamente lo que elige, qué emoción, herida o intuición profunda lo empuja a tensar todos sus vínculos del modo en que lo hace. El misterio está bien, incluso es parte esencial del personaje, pero hay escenas donde la película roza esa frontera en la que lo enigmático amenaza con volverse una forma de distancia emocional. Aun así, lo notable es que eso no termina por debilitarla, porque el film está tan bien actuado, tan bien escrito y tan bien ensamblado que incluso sus zonas menos explicadas forman parte de su extraña potencia.
Al final, A Complete Unknown no solo funciona como biopic musical, sino como una película sobre lo insoportable que puede volverse la fama cuando llega acompañada de una demanda colectiva de permanencia, sobre el precio de no querer ser exactamente aquello que el mundo ya decidió que eres, y sobre ese momento en que un artista rompe con su propia imagen pública y deja a todos, fans, amigos, amantes, colegas, mirando con desconcierto una transformación que quizá era inevitable desde el principio. No me parece tanto una película que resuelva a Bob Dylan como una que entiende que parte de su fuerza consiste precisamente en no resolverse nunca del todo.