Con esa idea que suena a chiste de oficina pero termina como pesadilla filosófica, arranca Mickey 17. Bong Joon-ho, el tipo que convirtió una casa en metáfora de clases, un tren en alegoría social y un cerdo gigante en manifiesto ético, vuelve con su juguete más raro, una comedia existencial disfrazada de ciencia ficción. Si Kubrick hubiera tenido sentido del humor, o Chaplin se hubiera puesto a leer ciencia ficción con rabia, probablemente se parecería a esto.
La película se instala en Niflheim, un planeta helado donde la humanidad intenta fundar una colonia con esa torpeza burocrática que ya conocemos, formularios, jerarquías, discursos de grandeza y una ética siempre “para después”. El protagonista, Mickey Barnes, es lo que la corporación llama un prescindible, un trabajador diseñado para morir. Cada misión suicida termina en cadáver, y cada cadáver se reemplaza con un Mickey nuevo, con recuerdos intactos. Es el sueño húmedo de cualquier empresa sin sindicato, un empleado que literalmente no puede renunciar porque ni siquiera tiene derecho a su propia mortalidad. Dicho al pasar, pocas ideas explican mejor el capitalismo tardío que esta, la muerte como parte del contrato, la vida como insumo.
El conflicto aparece cuando Mickey 17 regresa vivo de una misión imposible y descubre que ya imprimieron a Mickey 18. Dos versiones del mismo hombre, un solo contrato, y un problema de logística que en manos de Bong se vuelve sátira pura. Ahí entra Mark Ruffalo como jefe corporativo con aura de gerente de Recursos Humanos que sonríe mientras te destruye, y el film se dispara como una farsa helada sobre el absurdo de un sistema que puede clonar, reciclar y despedir al trabajador de sí mismo. Es una idea tan cruel que da risa, y eso, en Bong, nunca es casual.
Lo que sostiene todo es Robert Pattinson. Hace algo bastante raro, convierte la despersonalización en carisma. Sus dos Mickeys no son “dobles” simpáticos, son espejos torcidos de un obrero que intenta mantener dignidad mientras el sistema lo reduce a serie. Uno parece más dócil, el otro más reactivo, pero ambos cargan el mismo cansancio, esa sensación de estar atrapado en una rutina que te mata y luego te reinicia. Naomi Ackie funciona como ancla emocional, la persona que intenta amar a un hombre multiplicado por error, y alrededor orbitan Toni Collette y Steven Yeun, entre ironía y compasión, como si el mundo entero supiera que está participando de un experimento sin alma.
Visualmente, Mickey 17 es una maravilla fría. Bong filma Niflheim como una mezcla entre monasterio y fábrica de hielo, arquitectura brutalista, tonos apagados, una belleza que no calienta. Cada encuadre parece diseñado por un ingeniero con crisis de fe. Y el humor, que es clave, es tan seco como el oxígeno escaso del planeta, chistes que cortan, diálogos que se ríen de la tragedia, muertes repetidas con la rutina de un despertador. La película no necesita grandes explosiones porque el golpe está en la repetición, el verdadero terror no es “morir”, es ser sustituido con normalidad administrativa.
En el subtexto, Bong hace lo de siempre, usar el género como bisturí. La clonación no es la novedad, es el pretexto. Lo que la película exhibe es la ética científica nula de un sistema que explota, desecha, expande y conquista como si todo fuera recurso, cuerpos, animales, territorios, incluso la identidad. La colonia es expansionismo con marketing, la productividad reemplazando a la dignidad, la conquista disfrazada de supervivencia. Y lo freak, que es donde la película se vuelve más incómoda, es que esa farsa futurista se siente demasiado parecida a nuestro presente, contratos digitales, vidas precarizadas, reemplazos invisibles, la persona reducida a función.