Después de los intentos fallidos de Scream 5 y Scream 6, Scream 7 vuelve con ese toque noventero que nos encantó por razones muy simples, no pedía permiso para ser slasher, no fingía prestigio, y entendía que el terror también puede ser un parque de diversiones. Lo que se siente acá es un regreso a la energía de Woodsboro en “modo cápsula del tiempo”, adrenalina directa, guiños pop a quemarropa, y una película que celebra sus propias cicatrices con una sonrisa macabra.
Si la saga venía coqueteando con el “comentario sobre la saga” como sustituto de la saga, aquí por fin parece acordarse de lo más básico, que Scream se sostiene cuando el cuchillo corta y el chiste cae en el momento exacto.
El primer gran acierto, y el más obvio para cualquier fan, es el regreso de dos personajes grandes. No lo trata como cameo de aplauso fácil, lo usa como combustible dramático. Hay una sensación de “viejo amigo” que vuelve, sí, pero también de que el pasado trae cuentas, y eso le da a la película un peso nostálgico bien entendido, sin ponerse solemne. Dicho al pasar, la saga siempre funcionó mejor cuando el fandom no era el único tema, sino el contexto, y acá se nota ese equilibrio, la película sabe que estás mirando con memoria y juega con eso, pero no se queda solo en el guiño.
El segundo gran gancho es que las muertes vuelven a ser muertes, icónicas, diseñadas para que recuerdes el set piece, y con sangrados absurdos que, dependiendo de tu tolerancia, te van a parecer un festín o un “¿en serio?”. A mí me divierte cuando el slasher asume su teatralidad, y Scream 7 lo hace sin culpa, la sangre no es realismo, es firma estilizada, casi un chiste negro visual. Es como si la película dijera, “te doy gore, pero también te doy el placer de reconocer que esto es cine jugando a ser excesivo”.
Y acá entra el elemento que la vuelve una fiesta o un desastre, según quién la mire, la comedia involuntaria. Scream siempre fue meta, pero lo meta funciona cuando parece que está en control. En Scream 7 hay momentos que no sabes si son deliberados o si se les fue la mano, y curiosamente esa duda suma, porque alimenta la sensación de “esto se está divirtiendo” incluso cuando roza lo ridículo. Hay escenas que se sienten como si la película estuviera guiñándole el ojo a una audiencia que ya creció con la franquicia y ahora quiere que el slasher sea, además, un meme elegante. No siempre lo logra, pero el intento tiene energía.
La trama, con esa idea de la “pandilla secreta de Scooby Doo”, es el tipo de decisión que parte aguas. Es alocada, sí, y por momentos parece una versión slasher de “vamos a desenmascarar al culpable con un plan imposible”, y justamente ahí la película se siente más noventera, porque los 90 también eran eso, argumento que avanza a fuerza de impulso, personajes corriendo por pasillos, sospechas que se mueven como linterna, y un misterio que te mantiene dentro aunque sepas que la lógica se está doblando. Si esperas rigor de thriller, te vas a frustrar. Si entras a jugar, te la pasas bien.
Es un detalle que funciona como atajo de tono, como cuando una película usa una canción “demasiado famosa” para ubicarte, no por sutileza, por identidad. Y eso me parece coherente con lo que Scream 7 quiere ser, una secuela que recupera el sabor de franquicia grande, sin pedir disculpas por su teatralidad.
Ahora, lo que sí se siente como oportunidad perdida es McKenna Grace. No porque esté mal, sino porque el guion parece más interesado en el caos y el movimiento que en darle un arco que justifique su presencia como algo más que pieza funcional. Y es una lástima, porque en una saga que se alimenta de nuevas caras para renovar la tensión, desperdiciar a alguien con ese potencial se nota. Pero también es verdad que Scream 7 está jugando a otra cosa, está apostando a que el motor emocional lo pongan los veteranos y el motor de energía lo ponga el ritmo.
Matthew Lillard, sobreexplotado… e increíblemente nunca lo suficientemente sobreexplotado. Es un tipo de presencia que en esta franquicia funciona como dinamita, porque trae esa energía maníaca que le queda como guante al ADN Scream. Cada vez que aparece, sube la temperatura, y aunque narrativamente puedas discutir si “hace falta tanto”, el efecto es innegable, la película se vuelve más viva, más peligrosa, más “esto es Scream y no otra cosa”. A veces el cine necesita eso, un actor que no está “actuando realista”, está sosteniendo un tono.
Scream 7 es el regreso que la saga necesitaba si lo que querías era recuperar el espíritu noventero, violencia icónica, sangrados absurdos, misterio, y un humor que a ratos parece involuntario pero termina siendo parte del encanto. No todo está igual de aprovechado, y hay decisiones que van a dividir, pero como experiencia de slasher pop, funciona porque entiende algo básico, Scream se disfruta cuando se atreve a ser demasiado, y no cuando intenta justificarse.