Siempre me han interesado mucho más las películas que delatan el agotamiento de una saga que las que simplemente la continúan. Hay algo casi melancólico en ver una franquicia gigantesca empezar a comportarse como una máquina que todavía funciona, sí, pero que ya no parece moverse por deseo sino por inercia.
Y eso es un poco lo que me pasó con Avatar: Fuego y Cenizas, una película que no me aburrió, que me impresionó muchas veces, que por momentos volvió a recordarme por qué James Cameron sigue siendo una anomalía dentro del cine industrial, pero que al terminar me dejó una sensación muy concreta y bastante triste, la de estar viendo no una expansión natural de una historia, sino el posible momento en que esa historia empieza a quedarse sin alma.
La película nos devuelve una vez más a la familia de Jake Sully y Neytiri, todavía marcada por la tragedia reciente, y convierte ese dolor en el punto de partida para un nuevo desplazamiento por Pandora. Esta vez el viaje nos abre la puerta a nuevas regiones, nuevas tensiones y, sobre todo, a otras culturas dentro de ese planeta que Cameron ha construido con una obsesión casi patológica por el detalle.
Entre ellas aparece la llamada gente de la ceniza, con una líder interpretada por Oona Chaplin que entra en la película con una presencia extraordinaria, de esas que hacen pensar inmediatamente que quizá ahí está el revulsivo dramático que necesitaba la saga. Y sin embargo, cuanto más avanza la historia, más clara se vuelve una de las grandes frustraciones de la película, la sensación de que ese personaje, con todo lo que promete, termina estando utilizado por debajo de su potencia real.
Lo extraño de Fuego y Cenizas es que, durante buena parte de sus tres horas y diecisiete minutos, uno siente que Cameron por fin está recogiendo los frutos del worldbuilding que lleva sembrando desde hace años. Pandora ya no se percibe solo como un decorado deslumbrante, sino como un territorio lo bastante amplio como para sostener desplazamientos, bifurcaciones, conflictos simultáneos y líneas de acción que saltan de un escenario a otro con cierta soltura. El montaje, en ese sentido, funciona. La película tiene ritmo, sabe alternar grupos, separar trayectorias y volver a reunirlas sin que el conjunto se derrumbe. Pero el problema aparece en otro sitio, y es un problema mucho más grave que un simple bajón narrativo, porque lo que empieza a aflorar aquí es una repetición estructural demasiado evidente. La película no solo recuerda a El sentido del agua, por momentos parece calcada de ella. Cambian los paisajes, cambian algunos matices, se incorporan nuevas caras, pero la arquitectura dramática, el tipo de escenas, el modo en que se reactivan ciertos conflictos y hasta la sensación de déjà vu emocional hacen que uno tenga la impresión de estar viendo una versión corregida, más ambiciosa y algo más compleja de la segunda parte, no una verdadera tercera entrega.
Eso hace que varias de las cosas que aquí sí funcionan lleguen con una especie de retraso estructural difícil de ignorar. Por ejemplo, todo lo relacionado con Spider me pareció bastante más interesante que en la película anterior, no solo porque por fin recibe una atención más sostenida, sino porque además sirve para iluminar mejor a Neytiri, que sigue siendo, para mí, uno de los personajes más poderosos de toda la saga. Hay algo en ella que nunca termina de agotarse, una mezcla de rabia, herida, ferocidad y dignidad que Zoe Saldaña sigue sosteniendo de manera impresionante. Pero incluso ese acierto arrastra una pequeña incomodidad, porque más que una evolución orgánica de esta tercera parte, se siente como algo que debió consolidarse antes. Como si Cameron hubiera colocado en esta película desarrollos emocionales que en realidad pertenecían a la segunda, dejando a esta tercera sin la capacidad de romper del todo, de elevarse, de convertirse en ese golpe sobre la mesa que muchos esperábamos.
Y ahí es donde la película empieza a doler un poco más, porque es imposible negar el nivel de trabajo técnico y artístico que hay detrás de Avatar. Eso sería absurdo. Cameron sigue jugando en una liga que prácticamente no tiene competencia cuando se trata de efectos visuales, diseño de producción, captura de movimiento, integración digital y construcción de espacios imposibles. Hay momentos en los que la película parece directamente una demostración de lo que el cine de gran presupuesto puede llegar a hacer cuando detrás hay una mente obsesiva, casi ingenieril, empeñada en empujar los límites del medio. Pandora continúa siendo una locura visual, una especie de milagro industrial en el que cada criatura, cada textura, cada desplazamiento de cámara y cada centímetro del encuadre parecen existir después de una cantidad insana de trabajo humano. Y quizá por eso mismo la decepción pesa más, porque duele ver una película tan descomunal en el plano técnico y tan conservadora en el narrativo.
Mi problema de fondo con Fuego y Cenizas no es que sea mala, porque no lo es. Mi problema es que transmite cansancio. Y no un cansancio interno de los personajes, que podría haber sido incluso fascinante, sino un cansancio externo, autoral, industrial, casi contractual. Da la impresión de que James Cameron sigue siendo un visionario absoluto en la manera de fabricar imágenes, pero que ya no está igual de encendido a la hora de dramatizar esta historia. Como si la maquinaria siguiera funcionando a un nivel sobrenatural, pero el impulso emocional que la justificaba empezara a flaquear. Y eso se vuelve todavía más inevitable cuando uno piensa en todo lo que Cameron ha dejado entrever en entrevistas recientes, sus ganas de hacer otras películas, de irse hacia otros proyectos, de salir, en cierto sentido, del encierro de Avatar. Cuando un director habla de terminar una postproducción como quien sale de la cárcel, por mucho que uno entienda el tono o el contexto, algo de esa fatiga ya se ha filtrado al objeto terminado.
También por eso la película termina provocando una pregunta bastante incómoda, si esta tercera parte no era el momento de arriesgar, de oscurecer, de tensar de verdad la saga, entonces ¿cuándo? Porque si algo le falta a Fuego y Cenizas no es espectáculo, sino una dosis mayor de peligro, de crudeza, de transformación tonal. Da la impresión de que Cameron, Disney o ambos han preferido no romper del todo la lógica de aventura familiar que define a la franquicia, cuando quizá lo más inteligente habría sido permitir que la historia creciera con su propio trauma, con su propia violencia acumulada, con la posibilidad de volverse más sombría, más agresiva, menos cómoda. El personaje de Oona Chaplin pedía eso. La idea de una cultura marcada por el fuego, por un cataclismo, por una memoria devastada, pedía eso. Incluso la propia familia protagonista, después de todo lo vivido, pedía eso. Pero la película se queda a medio camino, insinuando oscuridad sin entregarse de verdad a ella.
Lo más frustrante es que el potencial está ahí todo el tiempo. Se nota en los escenarios, en los nuevos clanes, en ciertos movimientos de personajes, en la relación entre Spider y Neytiri, en la sensación de que Pandora todavía puede abrirse en direcciones nuevas. Pero también se nota que muchas de esas posibilidades están esbozadas, no plenamente desarrolladas. Para una película de más de tres horas, Fuego y Cenizas deja una cantidad sorprendente de elementos interesantes apenas rozados. Y eso, en una saga que siempre ha vendido la magnitud de su universo como uno de sus principales atractivos, termina jugándole un poco en contra.
Yo salí de la película admirando profundamente su nivel técnico, reconociendo que sigue siendo una experiencia visual apabullante y que en el cine actual casi nadie puede ofrecer algo de este tamaño con esta precisión, pero también sintiendo que la saga ha llegado a un punto extraño. No el de la decadencia absoluta, porque aún hay talento, músculo y momentos de verdad, sino el de una especie de despedida anticipada, como si la película ya estuviera hecha bajo la sombra de una pregunta que no debería pesar tanto en una obra así, si la taquilla decidirá o no si merece seguir existiendo. Y pocas cosas hay más tristes que una saga tan gigantesca pareciendo rendirse antes de tiempo a esa lógica.
Por eso Avatar: Fuego y Cenizas me deja dividido. Me sigue pareciendo una superproducción impresionante, una exhibición técnica casi insultante, una prueba de que James Cameron continúa viendo cosas que el resto de la industria apenas empieza a imaginar. Pero también me parece una película que llega tarde a varios de sus propios hallazgos, que repite demasiado, que no aprovecha del todo a sus personajes nuevos y que, en lugar de salir de sí misma con la fuerza de una tercera entrega decisiva, se queda flotando en ese lugar incómodo donde una saga todavía deslumbra, pero ya no termina de conmover ni de prometer algo realmente nuevo. Ojalá me equivoque, pero por primera vez viendo Avatar tuve la sensación de que quizá ya no estaba asistiendo al crecimiento de un universo, sino al momento exacto en que empieza a apagarse.
Esto es Avatar: Fuego y Cenizas y sí, hay que verla por lo que sigue siendo capaz de hacer Cameron con la imagen, pero también es difícil no salir pensando que una saga que parecía infinita tal vez acaba de rozar su límite.