CRÍTICA: NUREMBERG, EL JUICIO DEL SIGLO, EL THRILLER MORAL QUE TE OBLIGA A MIRAR AL MAL A LOS OJOS Y NO PARPADEAR

Publicado el 23 de febrero de 2026, 13:39

Hay películas que te sientan frente a la historia como quien te sienta frente a un espejo, y no te dejan apartar la mirada. Nuremberg, El Juicio del Siglo arranca con esa clase de electricidad incómoda, la sensación de que el mundo entero contiene la respiración esperando una respuesta, no un discurso bonito, una respuesta de verdad.

Porque aquí la pregunta no es “¿quiénes fueron los culpables?”, eso ya lo sabemos. La pregunta que te persigue es peor, cómo se fabrica un monstruo con cara de hombre, con modales, con inteligencia, con argumentos. Y qué tan fácil sería, si el contexto te empuja, dejar que ese monstruo vuelva a entrar por la puerta principal.

Y el gancho es precisamente ese, Vanderbilt no filma el juicio como ceremonia, lo filma como una cacería moral. Un lugar donde cada frase puede ser trampa, cada silencio puede ser estrategia, y cada mirada tiene el peso de millones de muertos que no pueden testificar. La tensión no viene de “qué pasará”, viene de “cómo diablos se sostiene la humanidad en una sala donde se está midiendo el tamaño real del daño”. Es un thriller de conciencia, un duelo entre memoria y negación, entre justicia y la tentación universal de pasar página rápido.

El gancho es perverso, porque sabe que ya conoces el final, y aun así te mantiene con el estómago apretado como si fuera un thriller. La historia se centra en Douglas Kelley, psiquiatra estadounidense, un tipo de ciencia, de categorías, de “yo puedo entender esto”, que llega a entrevistar a los prisioneros, y se topa con el animal más peligroso, el que no necesita colmillos para intimidar, Hermann Göring. Y ahí la película se vuelve un duelo de inteligencias con filo, Russell Crowe haciendo de Göring como si estuviera jugando ajedrez con el mundo, y Rami Malek como Kelley, nervioso, preciso, vulnerable, intentando sostener la distancia clínica mientras el objeto de estudio le empieza a estudiar de vuelta. Esto es lo que la vuelve adictiva, no es solo el juicio, es el cara a cara, la idea de que si miras demasiado al abismo, el abismo te devuelve la mirada, pero con una sonrisa educada.

Vanderbilt dirige con una tensión de acero, y lo logra con cosas simples que en realidad son de cirujano, ritmo ágil, diálogos que cortan, montaje que no te suelta, y una puesta en escena que usa la producción como argumento. El vestuario y los escenarios no están para lucir, están para recordarte que el mundo todavía huele a ceniza, que el orden que ves en la sala del tribunal está construido encima de un caos moral inenarrable. La cámara se pega a los ojos, a los poros, a ese microsegundo donde la soberbia se delata, donde la mentira asoma, donde el miedo se esconde detrás de una frase bien dicha. Aquí el lente se siente como un fiscal más, uno que no levanta la voz, solo espera.

Y sí, está la polémica inevitable, la delgada línea de la empatía. Hay gente que se incomoda cuando una película retrata a los culpables como humanos y no como caricaturas, como si humanizar fuera absolver. Pero el punto de Nuremberg no es que te caigan bien, es que te aterre que puedan sonar inteligentes, encantadores, incluso razonables en superficie. Esa es la brutalidad honesta que propone, el mal también puede hablar bonito, también puede seducir con estructura, también puede pedir comprensión para colarse por la puerta de atrás. Y por eso la película se siente tan actual, porque no trata solo de 1945, trata de hoy, de cómo se normaliza lo inaceptable, de cómo la responsabilidad se diluye si el discurso es lo bastante elegante.

Acto por acto, el arco es una caída lenta y dolorosa. El encuentro te presenta a Kelley como un hombre que cree que puede catalogar el horror, que piensa que la mente es un archivo ordenable. Luego viene el interrogatorio, y ahí se rompe el juguete, porque lo clínico ya no alcanza, la banalidad del mal no es una teoría, es una experiencia, y el protagonista entra en crisis existencial al ver que no hay enfermedad que explique todo, que muchas veces hay elección, conveniencia, ideología, hambre de poder. El clímax en la sala del tribunal es una descarga, oratoria, pruebas, la maquinaria de la justicia intentando poner palabras donde antes hubo gritos y ceniza. Y el veredicto no es un final feliz, es un cierre firme y melancólico, la justicia es necesaria, sí, pero no borra el trauma, no resucita a nadie, no limpia el aire de golpe, solo evita, o intenta evitar, que el mundo se haga el desentendido.

Si tengo que resumir por qué funciona, diría esto, es cine de testimonio que entiende el espectáculo sin prostituir el dolor, y que evita el sentimentalismo barato porque confía en la inteligencia del espectador. La película te deja con esa sensación incómoda y útil de haber visto algo que importa, no porque sea prestigio, sino porque te obliga a pensar en la fragilidad moral de lo humano. Mi veredicto, un drama judicial con nervio de thriller, actuaciones con filo, dirección que no se esconde, y una pregunta que te persigue, el mal, es una anomalía, o es una posibilidad latente en cualquier sistema que deja de mirarse al espejo.

POR DEEP CINEMA