Hollywood tiene una regla no escrita, si un videojuego vende más que la Biblia, alguien va a intentar filmarlo. Y Minecraft, con sus números monstruosos, era un blanco inevitable. Lo curioso es que Una película de Minecraft no intenta ser “épica” ni solemne, hace algo más honesto, se entrega al ridículo. Jared Hess, el de Napoleon Dynamite, dirige como quien oficia una misa rara, humor incómodo, colores pasteles, parodia que a veces parece involuntaria, y una sensación constante de estar viendo una idea que se ríe de sí misma antes de que tú lo hagas.
La historia es delirante por simple, cuatro inadaptados del mundo real caen por un portal al Overworld, ese edén de bloques donde hasta el aire tiene textura de píxel. Acá no hay una gran “lore bible” que te exija tomar apuntes, hay una excusa para entrar y hacer chistes con el universo. Y en esa excusa entran los dos motores del film, Jason Momoa, reciclado de Aquaman a recolector de basura digital y antihéroe involuntario, y Jack Black como Steve, chamán del crafting, bufón iluminado, y básicamente el hombre que decide que esta película se juega como si el código del universo le hubiera escrito chistes a medida.
El casting es un carnaval freak, Danielle Brooks poniendo pragmatismo donde todo es caos, Emma Myers con ese aura post Wednesday que ya trae de fábrica, y Jennifer Coolidge porque Jennifer Coolidge cabe en cualquier multiverso, incluso en uno hecho de cubos imperfectos. El resultado es un collage de gestos que no siempre encajan, pero esa disonancia, dicho al pasar, termina siendo parte del espectáculo. Como si la película aceptara que el “tono unificado” no es su objetivo, su objetivo es la energía, el chiste, el golpe de color, el gag que entra y sale rápido.
Y ahí aparece la paradoja que la define, un film inspirado en el juego más creativo del planeta termina siendo menos imaginativo de lo que uno esperaría. No hay revolución estética, no hay una invención cinematográfica que te haga pensar, “ok, esto solo podía hacerse con Minecraft”. Pero lo que pierde en invención lo compensa en ritmo, carcajadas fáciles, y ese placer culposo que Jack Black sabe convertir en oro hasta cuando está parado frente a una pared de piedra burda. La película entiende el consumo contemporáneo, secuencias que se sienten como bloques, set pieces cortos, chistes que funcionan por acumulación, y un sentido del gag que parece pensado para la paciencia, o la impaciencia, de 2025.
Estrenada en abril de 2025, la película arrasó taquilla como un niño rompiendo un bloque de tierra con la mano desnuda. El público infantil compró la avalancha de colores, y la crítica se partió, los que la vieron como la comedia más divertida del año versus los que la sintieron como un compilado de TikToks estirado hasta el hartazgo. Y las dos cosas pueden ser verdad, porque la película vive de esa lógica, estímulo, chiste, guiño, otro chiste, y si entras con la expectativa correcta, funciona como parque de diversiones.
Una película de Minecraft no es la película que Minecraft “merecía” en términos de imaginación cinematográfica, pero sí es la película que Hollywood sabe fabricar cuando huele IP, un carnaval de absurdo pop, suficientemente gracioso, suficientemente rápido, y con Jack Black haciendo de pegamento emocional, aunque sea a fuerza de puro carisma. No reinventa nada, pero confirma otra máxima del estudio moderno, todo lo que se pueda construir en bloques, tarde o temprano se va a vender en entradas.