CRÍTICA: EL SEÑOR DE LOS ANILLOS, LA GUERRA DE LOS ROHIRRIM, EL ANIME DE LA TIERRA MEDIA QUE REINVENTA ROHAN

Publicado el 19 de enero de 2025, 2:00

Con esa premisa que hace diez años parecía un meme, “un anime en la Tierra Media”, arranca El Señor de los Anillos, La Guerra de los Rohirrim. Y lo interesante es que la película no funciona como curiosidad, sino como evidencia cultural. El anime ya no es un género importado ni una estética exótica, es una gramática emocional global, una manera de contar el heroísmo, la pérdida y la épica desde la contención. Por eso esta precuela no se siente como apéndice, se siente como una mutación, Tolkien pasando por otro idioma visual.

Kenji Kamiyama, que viene de Ghost in the Shell y Blade Runner, Black Lotus, entiende que la clave no es copiar a Peter Jackson. Lo que hace, más bien, es reconfigurar ese mundo como rito animado, dilatar el tiempo, dejar que el silencio tenga peso, convertir el duelo en ceremonia. La historia de Helm Mano de Hierro, el rey que da nombre al Abismo de Helm, se narra como tragedia, honor, herencia, guerra, sacrificio, con un tono solemne que, sin necesidad de subrayarlo, dialoga con la lógica del cine japonés clásico, donde la emoción no se proclama, se sostiene.

Visualmente hay decisiones que definen la identidad del film. Los caballos galopan como pinceladas, las montañas respiran niebla digital, los rostros se tensan con esa ambigüedad expresiva que en el anime suele decir más por omisión que por gesto. Hay planos que buscan belleza pictórica, nieve sobre el Abismo de Helm, polvo levantándose como espíritu, un paisaje que parece ilustración en movimiento. Y también hay irregularidades, momentos donde la textura semirrealista roza lo torpe, como si la película estuviera negociando, escena a escena, entre el trazo y el render, entre lo humano y lo digital, entre épica clásica y estética de videojuego. Esa división es real, pero también es parte del experimento.

El gran agregado dramático es Héra, hija de Helm, un personaje inventado que funciona como centro emocional. Su presencia desplaza el relato de la épica masculina tradicional hacia una sensibilidad distinta, más observadora, más íntima, menos enamorada del mito y más consciente de su costo. Héra mira cómo los hombres de Rohan se disuelven en su propia leyenda, y esa mirada introduce un puente generacional, la épica de los padres narrada con la introspección de los hijos. No es un gesto “moderno” pegado con cinta, es un punto de vista que ordena el material y le da espesor.

Un detalle que encuadra todo es la narración de Miranda Otto como Éowyn. Es una elección cargada de sentido, porque devuelve a la película la voz más lúcida del imaginario de Rohan para contar una precuela como elegía. No hay celebración fácil, lo que se cuenta es la construcción de una fortaleza sobre pérdida, la idea de que los muros nacen tanto del miedo como de la necesidad. Y en ese tono la película se vuelve más interesante, porque no filma la guerra como triunfo, sino como fatiga, como destino humano repetido.

Lo freak, si se quiere, no es que exista un anime de Tolkien, sino que funcione. Que el anime, en su expansión planetaria, devore incluso una mitología occidental y la reconfigure con sus códigos, menos catedrales, más contemplación, menos destino divino, más desgaste. Tolkien filtrado por Kamiyama aprende a llorar en silencio, y la tragedia de Helm deja de ser solo parábola de reyes y fronteras para convertirse en algo más íntimo, lo inútil de cualquier muro cuando la guerra ya vive dentro del alma.

La Guerra de los Rohirrim es una ópera híbrida, mitad saga nórdica, mitad anime espiritual. No viene a reemplazar a Jackson, viene a continuar su eco en otra frecuencia. Y quizá ahí esté lo más tolkieniano del asunto, los mitos sobreviven no porque se conservan intactos, sino porque pueden cambiar de forma sin perder el corazón.