CRÍTICA: ALERTA EXTINCIÓN, LA NEVERA MÁS PELIGROSA Y DIVERTIDA DEL AÑO

Publicado el 28 de enero de 2026, 15:49

Yo tengo una teoría poco científica pero muy comprobable, el cine de terror funciona mejor cuando se acuerda de que también puede ser un juego. No siempre, claro, a veces quieres que te aplasten el pecho con una atmósfera malsana, pero otras veces lo que necesitas es una peli que te agarre por el cuello y te diga, relájate, te voy a asustar, sí, pero también te voy a hacer reír como idiota. Alerta Extinción es eso, una nevera llena de sustos y carcajadas, una comedia de terror que no pretende ser más profunda de lo que es y por eso mismo se vuelve peligrosamente efectiva. Imagínate que tu congelador cobra vida y encima tiene más personalidad que ese tío que siempre monopoliza la cena familiar, pues por ahí va la cosa, y te juro que entra fácil.

La premisa es una belleza de serie B bien entendida, un almacén refrigerado en las afueras de París, empleados aburridos, rutina gris, luces frías, y de pronto, en el hielo, una masa biológica que parece “solo un problema de inventario”. Spoiler emocional, no lo es. Eso se descongela y resulta ser una criatura alienígena que, por alguna razón maravillosa, es divertida y un poquito peligrosa, como el amigo que hace chistes en el momento menos apropiado. Y ahí está el mérito, Campbell no intenta convencerte de que estás viendo el Apocalipsis, te propone un encierro absurdo con reglas claras, pasillos helados, neón de ciencia ficción barata, y un monstruo que en vez de ser pura amenaza, también es un generador de gags.

Lo mejor es cómo equilibra el tono sin que rechine. Porque el problema de estas mezclas es que o te da vergüenza ajena o se te cae el suspense, y aquí no, aquí el ritmo es ágil, la película no se sienta a contemplarse, va al grano, te suelta un chiste, te mete un susto juguetón, y antes de que puedas acomodarte ya está inventando otra tontería encantadora. La cámara se aprovecha del espacio, techos altos, estanterías como laberinto, pasillos estrechos que se vuelven claustrofóbicos, y justo cuando crees que te van a dar la típica persecución seria, la criatura hace algo ridículo, y te ríes, pero te ríes nervioso, porque igual te puede morder.

Y mira, aquí viene la “polémica” que siempre aparece, el terror debe dar risa o no. Los puristas se ofenden como si les hubieran rayado un vinilo caro, pero la verdad es que esto es un homenaje descarado al cine B ochentero, a esas joyas donde la risa era parte del paquete, como si el miedo y el chiste fueran primos que se pelean pero se quieren. La comedia no le quita credibilidad a la amenaza porque la amenaza nunca pide credibilidad total, lo que pide es energía, timing, inventiva, y la película lo entiende. No está tratando de ganarse un lugar en el altar del horror “serio”, está intentando que la pases bien, y eso, en su propia lógica, es un acto de honestidad.

Acto por acto, la cosa se cocina en frío. Primero, la chispa gélida, el ambiente monótono, gente común, cansada, con ganas de que pase algo, y cuando pasa, pasa como una ruptura del aburrimiento, casi como premio por estar vivos. Luego, la escalada descongelada, donde el monstruo deja de ser “objeto extraño” y se vuelve presencia activa, persecuciones por pasillos helados, gags visuales, momentos de suspense real, y ese encanto raro de encariñarte con los protagonistas porque son torpes, humanos, y porque el desastre los obliga a crecer a golpes. Y el deshielo final remata con una resolución ingeniosa, satisfactoria, de esas que no te insultan la inteligencia pero tampoco se ponen solemnes, los personajes salen cambiados, y la película termina siendo, sin proponérselo demasiado, un canto a la unidad en medio del caos más absurdo.