En 1847, Emily Brontë escribió una novela que no parecía hecha de tinta, sino de viento áspero y pulsos que no saben pedir perdón. En 2025, Emerald Fennell no llega a Cumbres Borrascosas para “adaptarla”, sino para activarla: como quien enciende un fósforo dentro de un cuarto lleno de gas. Su película no es vitrina victoriana ni romance de salón; es una explosión de deseo gótico, audaz y peligrosamente divertida. Aquí Heathcliff no es un galán sombrío: es una herida andando, una necesidad de pertenencia disfrazada de furia. Y Catherine no es una víctima romántica: es la otra mano en el cuchillo, la cómplice que elige el abismo porque le resulta más verdadero que la calma.
El Reino Unido que filma Fennell no es postal, es territorio mental. Los páramos de Yorkshire funcionan como un sistema nervioso expuesto: espacio abierto donde el deseo no encuentra paredes que lo contengan. La puesta en escena vibra entre la pintura romántica y la energía de un videoclip; cada fotograma parece una Turner poseída por un video de rock, con el pulso acelerado de una banda sonora que mezcla lo clásico con lo moderno como si quisiera empujarte el corazón desde dentro. La cámara no contempla: invade. Y los primeros planos —extremos, insistentes— son casi indecentes en su intimidad, obligándote a mirar la vulnerabilidad y la crueldad sin el alivio de la distancia.
Pero el verdadero incendio no está solo en la estética: está en la idea de fondo. Fennell propone que el amor, muchas veces, es la forma socialmente aceptada de la posesión; un contrato emocional con perfume de destino. Por eso su película se atreve a mirar el tabú de frente y a dejar que el deseo sea motor primario: incómodo, visceral, y a ratos cruel. La polémica cae sola porque la directora no “dulcifica” la oscuridad, la vuelve centro: Heathcliff y Catherine no se aman a pesar del caos; se reconocen en él. La obsesión no aparece como un error del amor, sino como su versión sin filtros, sin narrativa de cuento, sin moral decorativa.
Al final, lo que queda es un eco que no consuela: insiste. La eternidad aquí no es promesa romántica, es una idea perturbadora, como si el vínculo siguiera golpeando la puerta incluso después de cerrarla. Esta Cumbres Borrascosas no quiere que suspiremos; quiere que nos incomodemos, que sintamos cada gramo de la obsesión en la pantalla y aceptemos la pregunta que deja flotando: ¿cuánto de lo que llamamos amor es necesidad de trascendencia? Y ahí está su virtud más cruel —y más viva—: recordarnos que el primer amor no siempre es un cuento de hadas. A veces es un huracán oscuro, eléctrico, irresistible… y precisamente por eso revela quién eres cuando nadie te está mirando
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