Esta pelicula es oscura, retorcida, divertida cuando quiere serlo y devastadora cuando decide quitarte el aire. Tiene un tono que puede ser gracioso, incómodo, siniestro y profundamente triste en la misma escena sin que se rompa nada. Y tiene un director, Curry Barker, que entiende que el horror más fuerte no siempre está en el susto sino en la consecuencia. En ver cómo un deseo aparentemente romántico se convierte en una condena.
No es solo una película sobre magia que sale mal. Es una película sobre lo peligroso que puede ser llamar amor a lo que en realidad es necesidad, posesión y miedo a estar solo. Y si alguna vez confundiste amar a alguien con querer que esa persona existiera solo para ti, esta película te va a pegar donde no esperabas.
El protagonista se llama Bear. Y Bear no es un monstruo en el sentido clásico, no es el villano con música amenazante ni el asesino que sabes que debes odiar desde el primer minuto. Bear es algo mucho más incómodo: es una persona sola, emocionalmente atorada, alguien que lleva años enamorado de Nikki, su amiga de la infancia, sin haber tenido nunca el valor de decirle lo que siente.
Entonces hace lo que muchos hacen, solo que llevado al extremo más oscuro: construye una versión de ella en su cabeza. Una Nikki que lo ama, que lo necesita, que lo elige por encima de todos. Una Nikki que existe más como fantasía que como persona.
Y entonces aparece, En una tienda de antigüedades, una reliquia pequeña, casi absurda, con una promesa adentro: un deseo. Solo uno. Y Bear, a las tres de la mañana, con toda esa soledad acumulada y todo ese amor podrido por no haber sido dicho nunca, lo rompe. Y pide que Nikki lo ame más que a nadie en el mundo.
Y el deseo se cumple. Nikki llega, lo busca, lo toca, le dice exactamente lo que él siempre quiso escuchar. Pero hay algo mal. Algo en su mirada que no cierra. Algo detrás de su sonrisa que parece estar intentando salir.
Porque Nikki no está enamorada. Nikki está atrapada. Su cuerpo está ahí, su voz está ahí, su cara está ahí. Pero su voluntad, su autonomía, eso que la hacía ser ella, fue secuestrado por el deseo de alguien más. Y lo que hace esta película con eso no es solo terror sobrenatural. Es una conversación sobre la codependencia, sobre el egoísmo emocional, sobre esa necesidad desesperada de que alguien nos salve del vacío que tenemos adentro. Y cuando le robas a alguien la posibilidad de elegirte, ya no estás hablando de amor. Estás hablando de control.
Y lo más impresionante de todo es Inde Navarrette como Nikki. Porque tiene que hacer algo dificilísimo: ser aterradora, ser graciosa, ser vulnerable y ser trágica al mismo tiempo, en la misma escena, sin que se rompa ninguna de las cuatro cosas. Tiene que mostrar a una persona poseída por un amor que no eligió, pero también a una persona que, en pequeñas grietas, sigue intentando pedir auxilio desde adentro. Y lo resuelve con una precisión tan absoluta que cada transición entre esos estados se siente completamente inevitable aunque sea completamente impredecible.